Las
Murallas que cercaron San Cristóbal de La Habana
Por Gina Picart
Es de sobra sabido que aquello que tenemos más cerca es lo que peor
apreciamos, dándose el caso de que, a pesar de cruzar cada día el
mismo tramo de calle, no hayamos reparado en muchos detalles que
escapan al ojo por la falta de sorpresa a que conduce la monotonía
del diario vivir.
Eso es, precisamente, lo que me pasaba a mí con los fragmentos que
sobreviven aún de la antigua muralla que cercó la ciudad hace ya
siglos. Cada mañana yo pasaba por la Avenida del Puerto pedaleando
en mi bicicleta, y la vista se me iba invariablemente hacia el azul
de las aguas de la bahía, con sus reflejos turbios y oleaginosos y
su olor a yodo corrompido por la contaminación, pero todavía
incitante a los sentidos y evocador de un pasado viejo, pero lleno
de fuerza y encanto. Hasta que un día, por obra y gracia de una
tachuela encajadiza, tuve que detenerme, y entonces vi aquel amasijo
de piedras aparentemente sin importancia, festoneado en su base por
una pujante hierba verde. Fue algo así como una hierofanía.
Desde fecha muy temprana en la historia de la capital cubana comenzó
a incubarse la idea de amurallar La Habana. Fue a raíz del ataque
del siniestro pirata francés Jackes de Sores en 1558. Pero
transcurrieron aún más de cien años antes que comenzaran las obras
de amurallamiento, sin contar el tiempo que tomó realización de
aquel anhelo ciudadano.
En 1576 el capitán Francisco Calvillo dio los primeros pasos al
proponer al Rey de España una serie de medidas defensivas, incluida
la idea de cercar al pueblo con dos tapias de ancho y cuatro de
alto.
Mientras quedaba pendiente el inicio de la obra, el gobernador
español Menéndez de Avilés comenzó a cerrar las calles habaneras que
salían al monte como defensa contra el enemigo potencial.
Para no interrumpir la circulación por esos lugares se proveyeron
puertas que en momentos de peligro se cerrarían con llave, colocando
centinelas que darían voz de alarma si asomara el enemigo.
A principios del siglo XVII se renovó el plan de cercar La Habana.
En aquella época la Junta de Guerra recomendó la construcción de una
cerca o muralla para evitar el acceso de enemigos por la parte de
tierra. Esta parte de tierra era la costa desnuda, y especialmente
el bosque que, por la parte de lo que más tarde sería El Vedado, se
interponía entre el mar y la ciudad.
El proyecto de amurallamiento reveló que el costo de la obra tendría
un monto de 207 375 ducados. También se indicaba que el resultado
consistiría en una muralla de sillería que iba a extenderse desde el
barrio de Campeche hasta La Punta, con cuatro pies de ancho y ocho
de altura, mas tres pies adicionales que se obtendrían por medio de
grandes ladrillos.
En marzo de 1604 las autoridades sugirieron a los vecinos que
contribuyeran con dinero y esclavos en la construcción del anillo
salvador, pero nada se concretó entonces, pues los habaneros de
aquellos tiempos no abundaban en lo uno ni en lo otro, y pasaron más
de dos generaciones antes que se llegaran a iniciar las obras.
A mediados del siglo XVII La Habana nombró al regidor Ambrosio de
Sotolongo para que se ocupara de las tareas, pero apenas iniciadas
éstas murió el Gobernador que las había impulsado y los vecinos
dejaron de contribuir. Además, por Cédula Real se ordenó suspender
la construcción de la muralla.
No fue hasta 1670 que el Rey ordenó la reanudación de los trabajos,
pero de nuevo los habaneros sintieron desfallecer sus bolsas, o
quizás sus esperanzas ante la inacabable construcción que se había
convertido en un ominoso tributo a perpetuidad que pesaba como plomo
sobre los citadinos. Finalmente comenzaron los primeros trabajos por
el lado sur, donde se fijó una lápida que consigna la fecha del 3 de
febrero de 1674. En tiempos del gobernador Diego de Córdoba
(1695-1702) las murallas quedaron terminadas en su lado terrestre,
desde La Punta hasta La Tenaza, y desde ahí hasta Paula. En su
totalidad, es decir, circunvalando toda la ciudad excepto un pequeño
tramo en la bahía para el despacho de los buques, la muralla se
concluyó definitivamente en 1740, 182 años después de que naciera la
idea de construirla, a un costo de tres millones de pesos.
Las murallas de La Habana tenían como promedio 1,40 metros de
espesor y 10 de altura, y contaban con una dotación de 3 400 hombres
y un armamento de 180 piezas. Llegaron a tener nueve puertas, la
primera de ellas conocida como Puerta de Tierra y ubicada en la
calle Muralla. Permanecían abiertas desde las nueve de la mañana
hasta las nueve de la noche, hora anunciada por el bramido de un
cañón de la batería de la Reina, ubicado en la fortaleza de San
Carlos de La Cabaña, ceremonia que ha pasado a formar parte de
nuestras más caras tradiciones citadinas bajo el célebre nombre de
El Cañonazo.
En la actualidad esta ceremonia de gran belleza, que se ejecuta cada
noche en una plaza de la fortaleza entre antorchas fulgurantes y el
redoble de tambores de una compañía de apuestos “soldados del rey”,
vestidos con los trajes militares españoles de la época, es una de
las más hermosas que pueden contemplar cubanos y extranjeros. No ha
perdido nada de su encanto original, y cuando se escuchan las voces
marciales elevarse en medio de la oscuridad y los clamores del
fuego, un estremecimiento recorre la multitud de los presentes y en
cada rostro baila una mirada ancestral, antigua, esencial. Al fin
atruena el cañón y la enorme bola de hierro vuela rumbo al mar,
hundiéndose pesadamente en aguas de la bahía con un chisporroteo que
se puede percibir desde los gruesos muros del patio de la fortaleza.
Casi siempre la gente queda muda unos instantes, presa de una
profunda emoción colectiva.
Hay que decir, sin embargo, que esta auténtica tarea de titanes que
constituyó la construcción de la muralla de San Cristóbal de La
Habana, fue totalmente inútil, pues jamás tuvo que enfrentar un
asedio ni contener máquinas de asalto reales, ya que en la única
ocasión en que ello pudo haber sucedido, durante la toma de La
Habana por los ingleses, el astuto enemigo evitó el cerco de piedra
y penetró en la ciudad por la desprotegida loma de la Cabaña.
Lo cierto es que apenas un siglo después de levantada, la muralla
cedió al empuje demográfico de una capital en expansión y fue
derribada. Los vecinos de la villa, enfrascados en su eterno bregar
constructivo, sustrajeron muchas de sus piezas para emplearlas en la
edificación de nuevos edificios; el resto son unos montones
desperdigados aquí y allá, como ese trozo en la Avenida del Puerto,
oscuro, solemnemente revestido con la porosa pátina del tiempo. |