Un
día en La Habana Colonial (II)
Por Gina Picart
¿Cómo comenzaba un día en La Habana de entonces? Pues muy temprano,
antes de la salida del sol, cuando vaqueros y lecheros con sus
rebaños invadían calles y plazas para garantizar el inviolable y
tradicional desayuno criollo de café con leche, junto con el cual
iban religiosamente los periódicos del día, que los repartidores
deslizaban por debajo de las puertas; las iglesias se iban llenando
de ancianos, beatas y madrugadores —sigue contándonos Del Rivero—,
que corrían a la primera misa de la mañana; los cocineros salían con
sus canastas a proveerse en los mercados; las bodegas se abrían para
dar entrada a los jornaleros que allí concurrían para iniciar su día
con una humeante taza de café bien tinto. Y aquí cita Del Rivero un
fragmento de don Antonio Bachiller y Morales, cuyo discurso de gran
fuerza plástica nos deja ver cómo en La Habana de entonces
…todo va siempre en movimiento: los mercados, los paseos, el muelle,
los paraderos de las berlinas de Güines y Matanzas, van llenándose
de gente que concurre ora a pasear en la mañana, ora a embarcarse o
a despedirse de los amigos que se ausentan de la ciudad. Las
náyades, vestidas con tenues negligés y tiradas por muelles
carruajes, se dirigen a sus centros El Recreo, Las Delicias o La
Elegancia. Los ensayos de cornetas y tambores, el tiroteo de las
tropas en instrucción, las volantas de alquiler, los quitrines
particulares y las filas de carretones que comienzan su estrepitosa
tarea, van preparando el ruido que luego sigue en aumento.
Conociendo el hábito criollo de las clases medias y altas de dormir
la mañana, en especial señoras y señoritas, hoy nos parece
contradictorio el hecho de que a las siete de la mañana, con la
exactitud de relojes, los buhoneros isleños comenzaban a vocear
vigorosamente su mercancía consistente en aretes, sortijas, dedales,
tijeras finas y otras baratijas, casi siempre consistentes en
encajes y agujetas para el pelo, botones y otros adornos muy
apreciados por las mujeres. Pero no es menos cierto que las damas
adineradas no comprarían quizás a estos pobres vendedores
callejeros. Es mejor suponer que a horas tan tempranas la clientela
sólo se compondría de esclavas, mujeres libertas y amas de casa de
pobre condición.
Dos horas más tarde, a las nueve de la mañana, el caos se desata en
las calles de la ciudad, por donde se empeñan en circular a la vez
los vaqueros con sus rebaños, los estudiantes que se dirigen a las
clases de la Universidad, situada en el antiguo convento de Santo
Domingo, los vendedores de fruta y los corredores de acciones, que a
esa hora van hacia el muelle a formar tinglados desde donde
desempeñar su agitado negocio.
Poco después las bellas de las mansiones dejan el lecho y se
disponen a tomar el almuerzo, preparado desde temprano por la
servidumbre, al mando la esclava negra jefa de la cocina, una de las
esclavas de más respetable rango dentro de la casa colonial. Y del
almuerzo nos cuenta Del Rivero que
...solía durar hasta las diez. La abundancia de las viandas corría
pareja con la variedad de los platos. Además de la carne de vaca y
la de puerco frita, guisada y estofada, había picadillo de ternera
servido en una torta de casabe mojado, pollo asado y relumbrante con
la manteca y los ajos, huevos fritos casi anegados en una salsa de
tomate, arroz cocido, plátanos maduros también fritos, cortados en
luengas y melosas tajadas, y ensalada de berro y lechuga. Acabado el
almuerzo, se servía el café en la sala.
Y continúa nuestro cronista contándonos cómo a las diez el ruido de
la ciudad alcanzaba su mayor fragor, porque a esa hora llegaba hasta
la locura el canto de los esclavos enfrascados en las labores de
descarga de mercancías desde los carretones para introducirlas en
los almacenes de sus señores, ubicados generalmente en los bajos de
las mansiones o en locales cercanos al muelle. Los vendedores de
fruta y todo tipo de artículos recorrían las calles y las señoras
iban de compra en sus quitrines acompañadas por sus esclavas y uno o
dos criados que seguían el vehículo a pie.
Téngase en cuenta que entonces circulaban por las calles habaneras
más de tres mil carruajes, además de una multitud de hombres y
mujeres de todas las edades y todas las razas, quienes se dirigían
en todas direcciones, o mismo hacia el muelle que hacia los
arrabales que rodeaban el corazón de la urbe.
La campana mayor de la Catedral anunciaba el descanso de los
trabajadores, que duraba hasta las dos de la tarde. Los cafés se
inundaban de gente sedienta que deseaba tomar un bocado y refrescar
de la asfixiante temperatura que reinaba en la ciudad, y que no era
entonces ni la mitad de fuerte que en nuestros días. Era el momento
de tomar jugos de fruta, granizados y pastelitos, y la copa de
helado a un peso:: la merienda que aún hoy continúa siendo la
preferida por los habaneros, aunque, desde luego, ahora con el
consabido sandwich norteamericano que nos quedó en herencia desde la
ocupación.
Por raro que hoy pueda parecernos, a las tres de la tarde todo el
mundo volvía a comer. Tras otro descanso de dos horas la ciudad se
entregaba a los placeres, consistentes en andar el Nuevo Prado de
arriba abajo una y otra vez, como ocurre hoy con la Rampa o las
arterias principales de Centro Habana. También se acostumbraba
pasear por dentro de la ciudad amurallada o dar una vuelta por las
calle de Empedrado, Sol, Jesús María y Oficios. Después las damas
regresaban a casa y los hombres se reunían en el café-taberna que se
encontraba en la Plaza Vieja, esquina a la calle de Mercaderes.
Antes del toque de oraciones se daba la vuelta en quitrín por fuera
de las murallas, o también antes de pasar al Prado, se recorrían las
calles de Dragones, Salud y Cerrada del Paseo. Así veía Del Rivero
esos momentos de solaz y esparcimiento:
Y cuando el sol se ocultaba envuelto en hermosos cendales de oro...
algunas jóvenes sentadas en sus ventanas, contentas y risueñas,
dirigían al través de las rejas miradas que brillaban como
estrellas. Otras, recostadas voluptuosamente en sus quitrines,
gustaban desdeñosamente de la dulzura del aire y de la hermosura de
la naturaleza. Nadie se paseaba a pie; los hombres, encajonados en
el fondo de sus volantas fumaban tranquilamente saboreando su dicha;
la comercianta, la mujer de clase media, lo mismo que la gran
señora, gustaba en sus quitrines la delicia y la molicie de los
ricos. (Después, a la Plaza de Armas, donde el Gobernador daba todas
las noches frente a su palacio un concierto de música). Allí se
reunía la población blanca de todas las clases. Hermosas mansiones,
una fuente saltarina y los palacios del gobernador y del intendente
circundan ese grande espacio, haciendo de él un paseo encantador y
enteramente aristocrático.
A las nueve se cerraban las puertas de la muralla y a las diez de la
noche comenzaban las alegres tertulias hogareñas. La condesa de
Merlin asegura que
...aunque uno llegue a su casa la volanta permanece en la puerta,
aguardando a que un capricho o el deseo de tomar el fresco con un
amigo sin interrumpir la conversación os hagan volver a dar otro
paseo. Así se suele ir a la orilla del mar; la cortina o tapacete
protege a los que quieren ocultarse de los ojos de la gente, sin
impedir que se oiga y se vea desde el interior todo lo que pasa
fuera. El quitrín o la volanta, con su carácter particular, su
extravagante conductor y su mula al trote, tiene algo de misterioso
que recuerda la góndola de Venecia.
¡Romántica Habana de 1832, termina diciendo nuestro conde del
Rivero, melancólica ciudad cuya vida callejera moría de once a tres
de la tarde por miedo al sol, y que a su bullicio nocturno unía
siempre el alegre cuchicheo al tierno susurro del romance...! Y
nosotros nos unimos a su nostalgia con un suspiro de evocación, pero
a la vez de agradecimiento por estas páginas que nos han permitido
revivir, como la vaharada sutil y prontamente disipada de un perfume
maravilloso, la memoria de la ciudad que fue hace casi tres siglos.
Los ecos del pasado vuelven a resonar en nuestros oídos un breve
instante antes de borrarse nuevamente, dejando en la película virgen
de la cámara las sombras invisibles del ayer. |