ESPECIALES

La Casa Colonial Cubana (I)

Por Gina Picart


Desde los primeros siglos de su existencia como país, Cuba desarrolló una arquitectura que, si bien en sus orígenes debía casi todo enteramente a la influencia española, pronto adquirió rasgos propios de gran originalidad, y aunque siempre compartió elementos comunes con las casas y palacios coloniales de España y América, mantuvo un sello indeleble de su identidad. Quizás, de todos sus elementos, la arquitectura colonial cubana sobresalga por sus mansiones y palacios como los más interesantes y característicos.

Las mansiones de los primeros siglos se agrupaban en derredor de las grandes plazas y en el núcleo de La Habana intramuros, pero según la ciudad fue creciendo se expandió hacia otras zonas. La Habana llamaba la atención de quien la visitaba por primera vez porque sus casas y palacios no tenían el color gris sepia de la piedra desnuda y patinda por el tiempo que hoy les conocemos, sino que estaban pintadas entonces de revoque plano con colores muy vivos.

Las casas y palacios que cercaban las plazas ostentaban amplios soportales sostenidos por columnas hermosas que protegían al caminante del sol inclemente y de las fuertes lluvias del trópico, y que le han valido a nuestra ciudad el epíteto dado por el escritor Alejo Carpentier de "ciudad de las columnas". Pero las casas fabricadas en las estrechas callejuelas interiores, por regulación expresa del Cabildo, ya no tenían este importante portal que pasó a considerarse como un símbolo de poderío económico y señorío social.

La planta de la casa colonial debe mucho a la planta de la villa hispanorromana y también de la villa mudéjar desarrollada en el sur de España. Ambas plantas son semejantes, presentando generalmente dos pisos y dos cuerpos de edificio llamados crujías, separados entre sí por uno o más patios a cielo descubierto. La pirmera planta se destinaba a negocios. Luego de abierta la enorme puerta de la entrada principal, lo primero que suele aparecer a la vista es el zaguán, donde se guardaban las volantas y quitrines. Este zaguán generalmente era visible desde la calle, como en la planta hispanorromana, pero también podía ser acodado para conseguir una mayor intimidad, lo cual era propio de las casas de planta mudéjar. A ambos lados del zaguán se encontraban los almacenes y el despacho del dueño de la mansión, generalmente hacendado azucarero, si era criollo, o comerciante, si era español. En ocasiones, si la casa era esquinera y tenía puerta en el piso bajo a dos calles, era ocupada en uno de sus extremos por una tienda o una accesoria que se alquilaba para vivienda de grupos familiares o de los empleados que asistían al dueño en sus funciones.

La primera crujía se abría a su vez al pato principal rodeado de arcadas, limitado por la segunda crujía, en cuya planta baja se encontraban la cochera, las caballerizas, los lavaderos y a veces las cocinas de la mansión. De la primera cruijía se subía al piso alto por una escalera que cambió considerablemente su fisonomía a lo largo de los siglos. En este piso alto habitaba la familia del dueño de casa. En la primera crujía se hallaban regularmente el salón de recibir y la biblioteca, o algunas otras dependencias de uso social, como la sala de música, etc.. En los bloques laterales que unían el primer cuerpo de la casa con la segunda crujía se encontraban las habitaciones de los miembros de la familia. Al final se hallaba el comedor. Entre ambos pisos la mayor parte de las mansiones y los palacios tenían un entresuelo de muy bajo puntal donde habitaba la numerosa servidumbre que se encargaba del cuidado de la casa y la familia del amo. Las galerías que circundaban los patios del piso bajo, lo mismo que aquellas a las que daban los aposentos del piso alto, estaban unidas al techo por arcadas sostenidas por columnas, que en muchos casos se cerraron completamente con persianas para ganar en intimidad y protegerse de la intensa luz del sol. Según algunos autores extranjeros, a pesar de ser muchos los esclavos que mantenían las familias pudientes, las casas no parecían suficientemente limpias y en mu muchos casos las galerías permitían la vista sobre patios repletos de animales bulliciosos y malolientes, lo que sucedía mayormente en las casas vivienda de los ingenios campestres.

Los prinsipales elementos decorativos de las mansiones de la clase alta cubana eran la obra de carpintería, generalmente en madera blanca y más tarde en hierro fundido; las cenefas que decoraban el interior de los salones hasta un altura de más de un metro veinte, y que en algunas casas más que cenefas llegaron a convertirse en verdaderos frescos pintados por artistas de gran renombre, como es el caso de la casa del conde de Casa Barreto, decorada con frescos de Juan Bautista Vermay. En la segunda mitad del siglo XVII aparecen las rejas de elaborado diseño, los guardavecinos, mamparas y vitrales o lucernarios, tan característicos del estilo arquitectónico colonial cubano,, así como ciertas transformaciones en los patios, donde los primitivos y modestos aljibes se transforman en fuentes majestuosas coronadas por grupos escultóricos de mármol; a la vegetación tradicional se suman ahora glorietas y bancos y esculturas que se colocaban en las esquinas para conferir mayor hermosura y distinción al espacio.

La casa colonial no tuvo baños o espacios destinados exresamente a esta función de aseo personal hasta bien entrado el siglo XIX, porque los patricios y patricias acostumbraban bañarse en sus habitaciones, que eran de dimensiones colosales, dentro de una bañera generalmente de latón muy decorado o de madera con bellas tallas. Allí, dentro del agua fría si era verano, o calentada por la servidumbre en el invierno, sus cuerpos venerables eran lavados y frotados por los esclavos destinados a esta función, y al terminar, puestos de pie, eran envueltos por estos en grandes piezas de lienzo que hacían las veces de tohallas.

Cabe hacer notar que el mobiliario de estas mansiones reflejaba cabalmente la potencia económica de sus habitantes, pues siendo los patricios criollos muy aficionados a viajar y estando completamente influidos por las culturas europeas, muchos, si su fortuna se lo permitía, traían de Inglaterra y Francia sus muebles increíblemente costosos. Sin embargo, los artesanos nativos desarrollaron un estilo conocido como colonial cubano, consistente en muebles de cuerpo y diseño sumamente ligeros, confeccionados con las maderas preciosas del país célebres en el mundo entero, y con asientos y espaldares de rejilla, muy propios para mantener el frescor en medio del clima calcinante del Caribe.

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