ESPECIALES

La Alameda de Paula

Por Gina Picart


La Ciudad Vieja está llena de lugares en los que yace, como adherida a las piedras antiguas, una magia esencial que brota de los rejuegos de sombra y luz, y del perfume de la brisa inmemorial preñada de los fantasmas del pasado. Siempre he pensado que hay que desarrollar una sensibilidad muy especial para gozar intensamente de esta parte de la ciudad, donde el tiempo sigue detenido sobre todas las cosas y la modernidad es una intrusa estridente. Todo esto se torna particularmente tangible en la Alameda de Paula, uno de los rincones habaneros donde el Angelus debió de ser un estallido de belleza entre el azul del océano y la dorada caída del sol detrás del horizonte. La Alameda de Paula parece hecha para la poesía y el amor.

El paso de los siglos no ha logrado borrar su belleza y su apacible imagen de centinela costera a este sitio emblemático de la Ciudad Vieja: la Alameda de Paula, concluida en 1777 —hace nada menos que 225 años— tras ordenar su construcción el entonces capitán general de Cuba, el mariscal de campo Felipe Fondesviela y Ondeano, marqués de la Torre, quien dirigió los destinos de la isla de 1771 a 1776.

Erigida entre cocoteros para proporcionar a los citadinos un lugar acariciado por el frescor del mar, y con las propias piedras del litoral, el diseño original del paseo se debió a Antonio Fernández de Trevejos, coronel de ingenieros y habanero procedente de familia acomodada, quien fue escogido para esa tarea por sus conocimientos de arquitectura, aunque no era arquitecto.

Fernández de Trevejos había participado, como militar, en la defensa de La Habana durante la invasión inglesa. Luego, se dedicó a las principales obras habaneras, entre ellas las casas de Gobierno y de Correos, la plaza de Armas, el cuartel de Milicias, el teatro del Coliseo o Principal y las alamedas de Paula y de Extramuros, entre otras que dejaron un sello característico en la arquitectura colonial cubana.

Sobre este paseo de Paula diría el propio marqués de la Torre:
No hay paraje más agradable en La Habana, por su situación, y por sus vistas; expuesto a los aires frescos, descubriendo toda la bahía, y colocado en el lugar más principal de la población, logra el pueblo dentro del recinto, donde antes había un muladar, el sitio de recreo más propio para un clima tan ardiente y que parecería elegido para este fin, desde la fundación de la ciudad.

Con buen tino, ese gobernador español, tras recorrer las principales capitales europeas, se percató de la falta de paseos públicos en La Habana y supo apreciar la necesidad de acometer su construcción.

En sus inicios, la alameda de Paula fue, según Joaquín E. Weiss, de muy modesta hechura, acaso sólo un terraplén flanqueado por hileras de álamos con algunos bancos de piedra, independientemente de que, con posterioridad, durante el resto de los siglos XVIII y el XIX fue objeto de numerosas mejoras.

No tardó este paseo costero en transformarse en lugar habitual para la cita y el esparcimiento, además de sitio para la espera de los asistentes al teatro Principal, que se levantó por aquellos años en la cabecera de la alameda.

En el segundo tercio del siglo XIX se acometió la reforma de este paseo. Las obras se emprendieron en 1841, bajo el gobierno del general Gerónimo Valdés, y se retomaron entre 1844 y 1845, durante el mandato del general O'Donnell, cuando alcanzó su elegancia y condición que aún conserva, lo cual se atribuye al buen gusto y la dirección del subinspector del Real Cuerpo de Ingenieros, Mariano Carrillo de Albornoz. Tras esas labores de remozamiento la alameda de Paula comenzó a ser llamada también Salón O'Donnell, en homenaje al gobernante.

A partir de ese momento el paseo quedó compuesto por un terraplén de veinte varas de ancho, con sus dos frentes revestidos de sillares, extendido desde el antiguo muelle de Luz al baluarte de Paula, sobre cuyo parapeto se levantó una glorieta circular. En cada extremo de este amplio salón al aire libre se construyeron sendas escalinatas. El suelo fue embaldosado en toda su extensión y en medio, como adorno, se construyó una fuente. A ambos lados del paseo existen desde entonces bancos de piedra con elegantes barandillas de hierro. Aquella obra de mejoramiento incluyó la instalación de un alumbrado propio, por aquel tiempo consistente en reverberos sostenidos por pies derechos de hierro de cinco varas de altura.

La alameda de Paula inauguró el gusto de los habaneros por esos paseos románticos y abiertos y por los parques, lugares apropiados para el descanso, el encuentro y el esparcimiento sano, como resultó también el famoso paseo de Extramuros, más tarde de Isabel II, del Conde Moré, y hoy popular y concurrido Paseo del Prado, uno de los lugares más bellos y típicos de la capital cubana, con tantos años e historia como el de Paula.

Si usted desea pasar un momento inolvidable, tome asiento en uno de sus bancos, palpe una planta o un caracolillo de esos que trazan sobre la piedra senderos húmedos, cierre los ojos, perciba el silencio en su interior y aspire esa brisa que acarrea olores de alquitrán y ecos marineros, y volverá a sentir el tiempo retornando sobre sí mismo como un rizoma de la memoria.

Cuando escuche el Ángelus abra los ojos lentamente: tal vez vea pasar con cimbrante andadura a la joven Cecilia, perseguida por miradas codiciosas que no se atreven a tocarla, o tenga la suerte de alcanzar un huidizo chal a alguna patricia de singular belleza que vuelve de paseo en su quitrín y premiará su cortesía con una de esas caídas de párpados y un gesto de abanico que encierran promesas inefables…

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