Historia
de la perfumería en La Habana Colonial
Por Gina Picart
Unos amigos españoles me comentaron una vez que La Habana olía a
gas. Yo me horroricé, porque ¿cómo una ciudad que pasa por estar
entre las más bellas del mundo va a oler a algo tan despersonalizado
e insignificante como el simple gas? Sin contar con que los
habaneros son fanáticos de los perfumes, mientras más caros y
exquisitos, mejor. Existe una ancestral cultura del perfume entre
nosotros y ni las personas de menos recursos económicos se resignan
a privarse de oler bien.
Cuando he leído novelas y crónicas de época que tratan de La Habana
colonial, donde se describe que en el aire señoreaban los olores más
bien fétidos, propios de una urbe portuaria en expansión pero
todavía sin un sistema de higienización adecuado, se explica en
cuáles circunstancias debió nacer la pasión de los cubanos por el
perfume.
También habría que tomar en consideración como causa desencadenante
del fenómeno los rigores del clima, que al provocar en verano una
abundante sudoración hacen sentir la necesidad de contrarrestar
ciertos olores aromatizando el cuerpo con esencias exquisitas.
¿O se trataría más bien de una tradición nacida del contacto de
nuestra refinadísima aristocracia criolla con la cultura francesa,
creadora, al igual que la italiana, de la más antigua y
quintaesenciada historia de los olores en esa Europa que nos
descubrió?
¿Y qué clase de aromas se usaban en La Habana antigua? ¿Qué colonias
se hacían en las farmacias, donde fundamentalmente se preparaba este
tipo de perfume? ¿A qué olían los interiores de las casas cubanas,
sus recoletos rincones, sus patios, sus alcobas guardianas de
secretos…?
Una respuesta bastante exacta podría ser que olían a lo mismo que
los hombres y mujeres de entonces, incluidos los esclavos: la
violeta, la rosa, el jazmín y el ilán, estaban en todos los patios;
el aroma fuerte y no siempre agradable del tabaco sería otra
constante en el mapa odorífero de la isla entera, porque todos los
hombres lo fumaban o lo mascaban, como es el caso de los esclavos,
por lo que se supone que de ese olor debía estar impregnada toda la
ciudad.
En provincias quizás no era igual, ya que en La Habana vivía la
mayoría de las gentes adineradas de entonces, los comerciantes, los
industriales, los ganaderos más ricos, quienes traían a sus esposas
los últimos gritos de la moda en perfumería allá por Europa,
especialmente París. Sin embargo, hay constancia de que en Matanzas
abrió su boutique monsieur León Labbé, quien importaba de Europa lo
último en lencería. joyería, perfumería y todo cuanto pudiera
demandar el gusto refinadísimo de su clientela, compuesta
fundamentalmente por los patricios acaudalados (y muy afrancesados)
de una ciudad que ya entonces era llamada la Atenas de Cuba por su
intensa vida cultural, su poderío económico y su refinamiento de
costumbres.
Al parecer, además de los perfumes importados, hubo en la colonia
una gama básica de doce esencias que comprendía la violeta, el
jazmín, el ilán, la lavanda, la lila, el tabaco, los cítricos, el
azahar, que era uno de los favoritos; también el sándalo, porque es
un aroma que desde el principio de los tiempos ha gustado a todo el
que lo olió, teniendo en cuenta que es tan antiguo como los egipcios
y los romanos. Para un rey del pasado el regalo más preciado que
podía recibir de un parigual o un embajador era un presente de
sándalo o mirra, como si ahora nos regalaran un millón de dólares.
Nuestras mujeres comenzaban su labor destinada al bien oler
virtiendo a diario en el agua de sus tinas pétalos de flores
macerados, especialmente lilas, rosas y jazmín; y también las
llevaban como adornos en el pelo o las lucían como ramitos en la
mano, siempre involucradas con estos olores.
En la película Cecilia, de Humberto Solás, hay una escena en que
puede verse el ritual del baño de Cecilia Valdés. La hermosa mulata
vierte con fruición sobre su maravillosa carne desnuda jícaras de un
agua en la que flotan flores y hojas olorosas; y hay que tener
presente que se trata en ese caso de una muchacha de muy humilde
condición, de la más baja extracción social; pero ello demuestra
cuán arraigado estaba en las cubanas de cualquier estrato el amor a
los buenos olores, especialmente florales.
Los perfumes de entonces, aunque fabricados con una base de aceites
esenciales, fueron anteriores al empleo en cosmetología de las
sustancias fijadoras como el ámbar de la ballena gris o el almizcle,
y eran colonias de fabricación artesanal. Estos olores impregnaban
la piel unas dos horas, al igual que las actuales colonias, y luego
se disipaban.
Los frascos para perfume originales que se podían comprar en las
farmacias eran manufactura importada de Barcelona; pero nuestras
damas coloniales se las arreglaban para llevar en sus bolsitos de
encaje y seda frasquitos pequeñísimos de metal afiligranados llenos
de su fragancia favorita. Y no contentas con eso, se colgaban del
cuello unos aritos con un frasquito de plata que contenía perfumes,
que de este modo ellas podían aplicarse en cualquier parte, y así
permanecían siempre olorosas.
Esa misma función de perfumadores permanentes tenían unos aretes de
oro o plata en forma de pequeñas esferas que las damas lucían en los
lóbulos de sus delicadas orejas. Colgando de un largo pedículo,
estos pendientes eran, en realidad, dos mitades que se abrían y en
cuyo interior se les colocaba un algodoncito embebido en el aroma
preferido por su dueña. Y como los aretes eran colgantes, cuando la
dama se movía las esferas oscilaban entre su pecho y garganta
esparciendo la fragancia en derredor como una nube mágica.
En los interiores de las viviendas también se instrumentaban
mecanismos para mantener perfumado el ambiente. Había dos modos
fundamentales de lograrlo: uno consistía en utilizar una especie de
cuenco en el que se vertían agua caliente y unas gotas de aceite
esencial; al igual que en un pebetero, el vapor se expandía por la
habitación creando un ambiente muy agradable. Se usaban mucho los
aceites y colonias de limón y mejorana. La fragancia cítrica del
limón es muy estimulante y apropiada para el clima del trópico, pues
ayuda a reponerse de la fatiga a los cuerpos que han sudado en
abundancia durante el trabajo, un paseo, un baile o cualquier
actividad fatigadora.
La segunda forma utilizada para perfumar interiores consistía en
coser unos saquitos de lienzo que en ocasiones llevaban encima una
preciosa muñequita confeccionada por las mejores esclavas
costureras. Una vez terminados se rellenaban con pétalos de flores,
cortezas de vetiver o cualquier otra madera odorífera, y se usaban
para aromatizar habitaciones o roperos.
Los olores son una cosa mágica. Tienen más poder de permanencia que
muchas otras cosas en la naturaleza. Tienen algo de común con el
concepto de Eternidad. Uno puede visitar una calle, conocer su
perfume, familiarizarse con él, y treinta años después regresa al
lugar con los ojos tapados y lo reconoce por sus olores.
No damos tanta importancia al olfato como sentido, y sin embargo
tiene muchísima. La nariz lo dice todo. Cuando antes los abuelos
decían huelo el peligro, huelo el Mal, no mentían. Y tampoco se
trataba sólo de una mera metáfora: realmente el olfato les advertía
de una desarmonía en el entorno. La nariz llega a donde no alcanza
nada más, porque uno respira y ese aire llega a los órganos, hasta a
la punta del último de tus dedos, y dentro de ese aire también van
los olores, y no se los puede eliminar, como cuando uno cierra los
ojos para ignorar algo que no se desea ver. Es por eso que los
olores pueden actuar con tanta eficacia sobre las emociones, sobre
la psiquis en general, lo mismo para proporcionar bienestar que
displacer.
Un olor determinado puede hasta ayudar a resolver un estado de
ánimo; y también otras cosas, como, por ejemplo, un amor. Ya se sabe
que Cleopatra atraía a los hombres valiéndose de exóticos perfumes.
Ella se hacía masajear diariamente con aceites esenciales, lo cual
era una costumbre muy arraigada entre los egipcios y otros pueblos
sabios de la antigüedad; pero esta reina sabía sacar muy buen
partido de la tradición odorífera que heredó de sus antepasados. A
Marco Antonio lo sedujo llenando de pétalos de rosa la habitación
donde le recibió por primera vez. Todos, hasta un rudo guerrero,
somos sensibles a un olor.
Con olores hasta se pueden curar enfermedades. Cuando nuestras
abuelas querían dormir se bebían una infusión de tilo; y si tenían
catarro una de corteza de limón, pero a la vez que la bebían la
estaban oliendo, haciendo sin saberlo una terapia de olor. La
lavanda, por ejemplo, adormece, disminuye el estrés; y es una de las
colonias más antiguas y codiciadas que se conocen. En el mundo de la
perfumería existen variedades: la lavanda inglesa, la española, la
alemana, todas en su época y en su tipo.
Durante la colonia y la república, las grandes farmacias creaban sus
propias colonias, a las que daban su nombre. Por ejemplo, la colonia
Taquechel olía un poco a madera. Ahora se está restaurando la
farmacia Sarrá y se fabricarán allí algunos de los productos que
elaboraba esta firma antiguamente.
También la farmacia Johnson se restauró y es hoy un centro de venta
a la población; pero antes tenía sus propias fórmulas y sus propios
productos, que no eran cubanos, porque la firma Johnson era
americana, y nunca revelaron sus fórmulas.
Los antiguos alquimistas creían que se podía sensibilizar más el
sentido humano del olfato según la fecha, y conocían a la perfección
qué olores pueden sentirse más en cada día de la semana. Por
ejemplo, los miércoles rige el color blanco, y todo cuanto se haga
en este día debe ser trabajado con el blanco, porque de todos los
colores del espectro solar es el blanco el que más incide los días
miércoles sobre la tierra. Es, pues, un día ideal para llevar
perfumes confeccionados con base de flores blancas.
Según documentos alquímicos muy antiguos, los lunes era el color oro
el que reinaba sobre los demás, un oro como el de las prendas; el
martes es el rosa, que se identifica con el amor, el corazón, las
cosas buenas; el jueves el verde; el viernes el oro rubí; el sábado
el violeta y el domingo el azul.
Los colores se dividen en fríos y cálidos, y los cálidos como el
rojo y el amarillo dan calor, dan vida. Verdes y rosas son colores
de curación, los niños los llevan mucho; así como los malvas y en
general todos los tonos pastel. En perfumería eso se traduce en que
los olores provenientes de flores de colores cálidos son más
calientes y densos, como el olor de las rosas, mientras que los
elaborados con flores de colores menos fuertes son más delicados y
evanescentes, como el perfume de mariposas.
Si enfocáramos esta relación de los colores y los días desde una
posición científica, descubriríamos que, precisamente, es la
incidencia, el índice de refracción que tienen los rayos de colores
cuando inciden sobre la vista, lo que determina que se reciba más de
un color que de otro; y de ello depende qué color estará incidiendo
más en cada día de la semana.
Los farmacéuticos utilizaban un instrumental muy semejante al de los
antiguos alquimistas: colocaban las flores dentro de una esfera de
vidrio llena de líquido y dejaban reposar la mezcla el tiempo
necesario hasta alcanzar su maduración, porque el tiempo de
maduración de una esencia no es siempre el mismo. Luego tapaban los
recipientes con corcho o con papel de filtro y los iban oliendo de
vez en cuando, fijándose en las capas que iban apareciendo en el
preparado, en su grosor; pero es el olor el que avisa cuándo la
esencia está madura.
Por ejemplo, el ilán no puede considerarse maduro hasta que se pone
bien dulce, porque después se le diluye más, igual que ocurre con
las rosas. Es necesario que estén muy concentrados y eso se
identifica por la dulzura del olor. Cuando se ponen muy densos
quiere decir que ya están listos.
En el caso del tabaco es al revés, tiene que ponerse muy ácido;
cuando molesta entonces ya está perfecto. En general estas esencias
demoran en madurar entre mes y medio y dos meses.
El perfumista no sólo tenía que saber destilar, sino ser al mismo
tiempo un experto en pomadas, boticario, alquimista, artesano,
comerciante, humanista y jardinero.
Las perfumerías naturistas antiguas eran como pequeños reinos o
templos donde se rendía culto a la belleza desde la entrada hasta la
salida. Estos locales se caracterizaban por el uso del cristal en
grandes ventanales que además de iluminar el interior cumplían la
función de vitrinas para mostrar al exterior la mercancía. Tenían
salas iluminadas y claras; puntales bajos que hacen más diáfana y
acogedora la estancia e inspiran mayor seguridad y tranquilidad al
cliente, y estanterías de maderas pálidas, generalmente cedro y
nogal. La decoración de estos ambientes iba desde el estilo del
barroco refinado hasta ambientes rústicos con carácter campestre.
Las perfumerías de los siglos XVIII y XIX usaban en su decoración
una gama de colores basada en sepias, caobas, rojizos y dorados,
mientras que las tiendas naturistas combinaban la madera cruda con
tejidos verdes y azules. Había estanterías a lo largo y ancho de las
paredes, con cenefas pintadas; mesas-vitrinas en función de salas
museables, relojes antiguos donde se combinaba la madera oscura
torneada con el cristal transparente y el mármol cuadriculado;
cestas de mimbre sobre madera dura y clara con productos de
herboristería; recias vigas y fuertes mesas de trabajo con sencillas
banquetas de cuero. Las imágenes e ilustraciones que pendían de las
paredes evocaban el campo o el mar para identificar líneas completas
de perfumes o cosméticos ecológicos. Los frascos empleados para
envasar los perfumes generalmente eran de vidrio con líneas
sencillas, coronados por un tapón esmerilado con cierre a presión a
la medida. Aún hoy pueden verse en el Museo de Los Capitanes
Generales estos frascos de murano verde y plata, los cuales, al
igual que los cacharros de cobre, pertenecen a la colección del
orfebre Soles, un español del siglo XVIII.
En Cuba existía variedad de esencias florales y se elaboraban aguas
perfumadas en muchas casas cubanas. A fines del XIX ya se importaban
grandes cantidades de aguas, y colonias, y esencias florales de
producción industrial traídas del extranjero por comerciantes
mayoristas ya se comercializaban a granel en las droguerías.
Pensando en aquel ayer de aires balsámicos, miro a los habaneros de
hoy comprando en las perfumerías esencias producidas en serie, y
pienso que aunque alguna mujer distinguida o un hombre elegante
dejen a su paso una estela de Chanel no.5 o Douche Gavanna, yo
hubiera preferido vivir en aquella ciudad colonial donde mi cuerpo
podría seducir exhalando fragancias naturales de verbena, limón y el
sensual patchoulí, pero sobre todo donde la ciudad no apestaba a
gas, sino que olía a lejana urbe idealizada con aromas viriles de
cuero y ron, matizados por el femenino encanto de las flores. |