La
tumba ausente del Fausto criollo
Por Gina Picart
Leyendo el libro De la Habana, de siglos y de familias, de la
investigadora cubana María Teresa Cornide, se me ha ocurrido que
aunque Alemania siempre ha tenido a mucho orgullo ser la patria de
Goethe, autor de Doctor Faustus, novela donde ese personaje
extraordinario, apenas salido de la pluma del gran germano, tomó
carta de eternidad y talla de arquetipo trágico, nosotros, los
cubanos, también tenemos un Faustus.
El nuestro es de carne y hueso, o debería decir fue, pues ya hace
siglos cruzó el umbral que separa los mundos. No se trató de un
hombre sabio, un magister como el alemán, y tampoco vendió su alma a
Satanás por amor al conocimiento; o al menos, si lo hizo, no ha
llegado tal noticia a nuestros días.
Pero en una cosa sí comulgan los dos, y es en el insobornable ajuste
de cuentas a que El Diablo los sometió. Como la historia del Faustus
cubano es bien poco conocida y corre el riesgo de ser completamente
olvidada, la traigo a colación en estas páginas.
En los cementerios donde tienen su última morada casi todas las
familias nobles de La Habana falta, sin embargo, una tumba, la de
uno de los más ilustres representantes de la aristocracia criolla de
la Colonia: Jacinto Tomás Barreto y Pedroso, I conde de Casa
Barreto, quien desde luego, murió a su hora, pero cuyo cadáver
desapareció en pleno velatorio y ha pasado a la historia envuelto en
el mayor de los misterios.
El apellido Barreto, de origen portugués, incluye en su linaje
obispos y generales, pero probablemente ninguna otra familia en la
capital cubana cuenta con un miembro de leyenda tan negra como este
Barreto que nos ocupa, personaje de crueldad legendaria a quien se
acusó en su época de andar en tratos con el mismísimo Demonio.
Jacinto Tomás, nacido en La Habana en 1718, fue hijo único del
capitán Antonio Barreto, quien era Regidor de la villa y Alcalde
Mayor Provincial de la Santa Hermandad, una especie de cuerpo de
policía inspirado quizás en aquel otro que fundara el emperador
Carlomagno en su época para cazar y castigar en el reino franco a
los herejes y librepensadores; pero la variante habanera del cargo
que dicha familia ostentó hasta 1790, consistía en aprehender a los
negros huidos de sus amos, llamados cimarrones. Muchos de ellos
aparecían rondando por los campos y barrios marginales de la
capital, donde al ser descubiertos por la policía de Barreto eran
tomados prisioneros y enviados a un centro de reclusión.
La suerte del cimarrón encerrado en tales depósitos debió ser
especialmente amarga. Pésimamente mal alimentados, invadidos de
epidemias que los atormentaban y diezmaban, los negros se
encontraban bajo la vigilancia de un administrador, un mayordomo, un
sereno, un médico, un practicante y un capellán, cargos todos que en
la práctica se reducían a lucrar con la venta de cuanta pieza les
caía entre las garras.
Eso sin contar que los negros llegaban allí absolutamente
aterrorizados, pues Barreto, y más tarde su hijo, utilizaban una
jauría de perros temibles para dar caza a los prófugos; perros que
en más de una ocasión, y por haber sido perversamente entrenados
para tal fin, dieron muerte entre sus filosos colmillos a más de un
perseguido.
Cuando Jacinto Tomás sustituyó a su padre en el desempeño de sus
funciones convirtió este centro de prisión en una lucrativa fuente
de ingresos, y no sólo fueron enviados allí los esclavos fugitivos,
sino cualquier negro, libre o no, que no pudiera mostrar documento
alguno que le acreditara condición de liberto o esclavo de amo
reconocido. El conde negociaba a costa de los reclusos arrendándolos
para todo tipo de trabajos, usualmente tan duros que muy pocos
regresaban con vida a los depósitos.
Además de tales y turbios negocios, la fortuna del siniestro
aristócrata (cuyo título le fuera concedido en 1786) procedía de la
propiedad de los dos mejores ingenios de su época, y de riquísimas
haciendas ganaderas y cafetaleras. Sus contemporáneos lo describían
como un hombre de mal carácter, caprichoso y cruel, amigo de
intrigas y enredos, a quien le gustaba dar siempre qué hablar con
sus aventuras y calaveradas. Para muchos se trataba de un demente a
quien sólo su dinero salvaba del asilo de los locos, o de algo peor
como la picota o las hogueras de la Inquisición, que sin duda
merecía más. (continuará…) |