Los
demonios de Jacinto Tomás
Por Gina Picart
Los esclavos de la casa del capitán Antonio aseguraban que el
pequeño Barreto estaba poseído por el espíritu de un tal Miguel,
esclavo revoltoso originario de la isla de Martinica, quien, acusado
de haber dirigido una sublevación cuyos involucrados incendiaron la
casa vivienda del ingenio San Hipólito, situado a dos leguas del
poblado de Guanabacoa, fue hecho prisionero por el capitán Antonio
Barreto y su peculiar milicia. Este condenó a Miguel a morir atado a
un poste y azotado, y finalmente fusilado con arma de fuego. Como no
muriera el reo del primer disparo efectuado sobre su sien derecha,
el verdugo tuvo que apretar el gatillo tres veces más.
Con la tapa de los sesos levantada y perdiendo sangre a borbotones
por las horribles heridas, la nariz y la boca, el negro Miguel no
solo no moría, sino que miraba a todos con los ojos perfectamente
abiertos y la cabeza erguida. Perdonado al fin por el Alcalde,
caminó por sus propios pies hasta una casa donde se le practicó la
primera cura. Allí falleció once días después.
Todo el mundo estaba tan convencido de que Miguel era un brujo que
la Autoridad hizo registrar su bohío y examinar su cuerpo en busca
de alguna señal de hechicería. Si fue hallada no es noticia que haya
llegado a nosotros, pero los negros hicieron correr la voz de que la
venganza del negro asesinado había consistido en meter su espíritu
dentro del cuerpo del hijo único de don Antonio.
Como si quisiera dar razón a esos rumores, siendo muy joven Jacinto
Tomás se reveló como un hombre poseído por imprevisibles ataques de
cólera que rayaban en el frenesí. Para desahogarse acostumbraba
azotar un enorme crucifijo, del tamaño de un árbol, hecho tallar por
su madre en madera preciosa cubana y que, después de muerto el
perverso, fue legado por su heredero a la iglesia de María
Auxiliadora.
La leyenda de sus tratos con el Demonio creció aún más después de un
hecho singular que protagonizó el conde en uno de sus ingenios, el
Barreto, ubicado en el poblado de Managua, cuando el aristócrata
loco se negó a permitir que recesaran los trabajos de la zafra con
motivo de la celebración de la Semana Santa, a pesar de los clamores
del cura de esos lares y los argumentos del administrador.
Cuenta la leyenda que al finalizar la sagrada fecha ocurrió un
hundimiento de tierra en el área del batey, por cuya causa se
derrumbaron varias e importantes construcciones, hecho que vecinos y
esclavos adjudicaron a las iras del Señor.
Pero los más absurdos crímenes de Jacinto Tomás, o al menos los más
conocidos, tuvieron por escenario la casona solariega que se hizo
construir en su propiedad de Monte Barreto, frente a lo que es hoy
la papelera de Puentes Grandes, a orillas del Almendares; crímenes
que se le achaca haber cometido también en su palacio estilo mudéjar
ubicado en la esquina de Luz y Oficios, mansión que se hizo
construir y para cuya decoración interior contrató al pintor Juan
Bautista Vermay.
Cuentan los cronistas que Jacinto Tomás se complacía en convocar en
el patio de esta casona a los mendigos y menesterosos de la zona con
el pretexto de entregarles limosnas, como mandaba entonces la
caridad liberadora y complaciente de los ricos. Y cuando la mísera
turba se arremolinaba ansiosa sobre las baldosas, las grandes
puertas por donde habían entrado se cerraban de pronto, y por otras
puertas pequeñas provenientes del interior de la casa irrumpían en
el patio los enormes lebreles del conde, animales de aspecto
fierísimo que aterraban a los indefensos allí reunidos, quienes en
el colmo del espanto y olvidando momentáneamente sus limitaciones
físicas y sus enfermedades, iniciaban un alocado movimiento de huída
que incluía la tentativa de treparse por las paredes en vano intento
por escapar al supuesto inminente ataque de las bestias, a las
cuales tomaban por la reputada jauría que el conde acostumbraba
utilizar cuando emprendía sus eficacísimas cacerías de cimarrones.
No sabían que, en realidad, lo que Jacinto Tomás usaba en estos
“divertimentos” era su camada cazadora de venados, mucho más
inofensiva, por supuesto, y nada peligrosa para las personas.
Como ocurre siempre en estos casos de miedo colectivo, la gente
corría sin orden ni concierto y unos a otros se golpeaban y
lastimaban entre sí. Mientras, apostado en un punto estratégico de
la vivienda, Jacinto Tomás se desternillaba de risa contemplando
aquel espectáculo que hubiera conmovido o repugnado a alguien con
una sensibilidad menos anormal que la del primer conde de Casa
Barreto.
Cuando se le gastaba la diversión mandaba retirar los perros y curar
a los heridos, a quienes terminaba por entregar la prometida
limosna, cuyo monto, cosa curiosa y que hay que achacar a un macabro
capricho, estaba siempre de acuerdo con la magnitud de los daños y
lastimaduras, como si en medio de su maldad intentara indemnizarlos
por su condición de tristes víctimas suyas.
También en su vida amorosa fue maldito al parecer, o quizás sería
mejor decir que engendraba maldad a su alrededor, pues aunque se
casó tres veces, todas sus esposas murieron, mientras que él gozó de
una larguísima existencia.
De su tercer matrimonio, que efectuó a los 54 años con una joven de
26, tuvo su único hijo varón, quien, por suerte, consiguió
sobrevivirle, y con el cual se malquistó meses antes de morir,
retirándose a su casona de Monte Barreto, donde ya aquejado de un
mal incurable se dedicó a esperar su última hora sin más compañía
que sus esclavos. (continuará…) |