Historia
de la Cocina Cubana (I)
Por Gina Picart
Contrariamente a lo que muchas personas han creído siempre, el
aborigen cubano se alimentaba muy bien y su dieta era muy sana. Se
componía fundamentalmente de maíz, yuca, patata, batata y frutas de
la isla, entre las cuales tenían una marcada preferencia por la
guayaba, a tal extremo que para ellos, en sus creencias religiosas
primitivas, lo que pudiera considerarse su paraíso era un lugar
donde el hombre, al morir, se reunía con sus dioses y pasaba el
tiempo en un ocio benéfico, tendido en una hamaca y comiendo
guayabas bien dulces y fragantes. No faltaba en esta dieta la
proteína animal, pues sobre todo los taínos, no eran meros
recolectores y pescadores, sino agricultores expertos que también
cazaban majaes, jutías, iguanas, aves, almiquí, ostión, cangrejos,
tortuga, jicotea, caguama, camarones, almejas, y peces como el
manjuarí, jaiba, jurel, biajaca y otros propios de nuestros ríos, y
degustaban con mucho placer la sabrosísima, nutritiva y delicada
carne del manatí, aquel mamífero acuático que confundió a los
primeros españoles que lo vieron flotar en los ríos amamantando a
sus crías y lo tomaron por una sirena, la antigua mujer-pez de las
leyendas marineras.
Es,
pues, con la alimentación aborigen, y con lo que quedaba en las
bodegas de la Pinta, la Niña y la Santa María —exhaustas tras el
largo periplo que las condujo al Descubrimiento— con lo que se
alimentaron los primeros europeos que pusieron sus pies en la tierra
más hermosa que ojos humanos han visto. Y fue la dieta de los
indocubanos la que sustentó durante muchos años a los colonos que no
podían aprovisionarse de los cargamentos traídos por las flotas
provenientes de España más que una o dos veces al año. Es más,
durante los primeros siglos de la Colonización, fueron los
aborígenes, tradicionalmente congregados en el poblado indígena de
Guanabacoa, quienes se encargaron de abastecer de casabe a la flota
de Indias durante sus breves estancias en el puerto de La Habana.
Con el tiempo, los españoles fueron introduciendo el nabo, la
calabaza, el pato, la paloma, la gallina, el ganado vacuno, el
caballo, las ovejas, cabras, cerdos, la caña de azúcar, el arroz, el
limón, la naranja, la harina de trigo, el vino y el tasajo.
En
estos primeros siglos el núcleo de la alimentación de los blancos
ocupantes de Cuba siguió siendo el más típico de los platos
españoles: la olla podrida. Surgido hacia el siglo XV como una
reinterpretación cristiana del plato conocido como Adafina, era
originario del ritual de la fiesta sagrada del Sabbath judío. Su
nombre no quiere decir en absoluto que se componga de alimentos
putrefactos. En realidad “podrida” se deriva de la palabra poderida,
vocablo que significa poderosa, como sinónimo de suculenta o
alimenticia. La olla podrida genuina se prepara en la península con
carne, tocino, legumbres, hortalizas, patatas y, en ocasiones,
embuchado. Los primeros colonizadores tuvieron que hacerle a sus
ollas podridas ciertas adaptaciones impuestas por la realidad
nutritiva que se encontraron en la mayor de las Antillas, pero el
procedimiento de mezclar diferentes carnes con viandas y hervir
hasta obtener un caldo espeso siguió siendo el mismo. Así nació el
mundialmente célebre ajiaco cubano.
(continuará…) |