Historia
de la Cocina Cubana (II)
Por Gina Picart
LLEGAN LOS NEGROS
El segundo de nuestros grandes mitos culinarios consiste en repetir
una y otra vez que los africanos trajeron cultivos como el plátano,
la malanga, el ñame y otros que hasta hoy se han convertido en la
base de la cocina cubana, fundamentalmente viandera. No fueron los
negros, en su mayoría cautivos de guerras tribales revendidos a las
factorías portuguesas de las costas y traídos al Nuevo Mundo en
condiciones infrahumanas —hacinados en las bodegas, encadenados,
asfixiados por el hedor de sus propios excrementos y medio muertos—,
quienes trajeron las semillas ni mucho menos las plántulas, sino los
propios comerciantes portugueses y los marinos españoles de las
tripulaciones de los barcos negreros quienes, a través de Canarias,
introdujeron esos productos agrícolas en la isla; productos que, en
casos como el del plátano, ni siquiera eran oriundos de África, sino
del Sudeste Asiático. A su vez, los primeros colonos de la isla
hicieron llegar el maíz a España, y de ahí a Europa.
Las semillas debieron ser conservadas entonces por métodos no muy
diferentes de los tradicionales que hasta hoy se pueden encontrar
entre los indios latinoamericanos y los campesinos de Cuba:
principalmente secado de las semillas en secaderos confeccionados
para tal fin; luego se las almacenaba en las bodegas de los navíos,
ya fuera envasadas en toneles donde se las cubría con ceniza, o en
otros tipos de envoltorios a los que se protegía colocándolos entre
hojas de aguacate o eucalipto. Estos cuidados permitían que las
semillas sobrevivieran a largas travesías que separaban a España del
Nuevo mundo, al que llegaban más o menos indemnes y más o menos
atacadas por las plagas de roedores que infestaban los navíos de
entonces, pero aún fértiles y dispuestas para su germinación.
Lo que sí aportan los esclavos es el modo de cocinar los alimentos
que caracterizaba a cada etnia en el continente, pues es un error
pensar que la cocina africana era homogénea.
Tan
pronto como comenzó la esclavitud en Cuba, los esclavistas,
poseedores de haciendas dedicadas a la producción de azúcar, y en
menor número de café, se vieron ante la tarea de alimentar
adecuadamente a sus dotaciones. Tenían que dar a los esclavos una
comida lo más barata posible, fácil de transportar y de largo
rendimiento en los almacenes, pero al mismo tiempo lo
suficientemente nutritiva como para permitirles regímenes de trabajo
devastadores para el organismo humano. Los esclavos debían vivir el
mayor tiempo posible en buen estado de rendimiento físico, pues cada
hombre, o pieza, como se les denominaba en el cruel argot de los
negreros, costaba una fortuna a sus amos. El alimento de los negros
era tan importante que incluso en época de una gran hambruna en la
isla, estos llegaron a andar desnudos por falta de esquifaciones,
pero nunca dejaron de comer.
El tasajo y el bacalao eran los dos renglones más importantes de la
alimentación del esclavo en los barracones cubanos. Las plantaciones
de mayor tamaño poseían una gran cocina central donde se elaboraban
los alimentos, pero las que no disponían de ella entregaban a cada
esclavo su porción de bacalao y tasajo crudo, que estos llevaban
para su bohío, donde lo guisaban y comían. Esta cuota les era
entregada una sola vez por día. En haciendas donde no se les
permitía a los esclavos vivir de manera individual en sus conucos,
estos eran congregados en barracones y la comida corría a cargo de
las esclavas más viejas, con limitaciones físicas que ya no les
permitían participar en el corte o servir para otras tareas.
Según afirma el investigador cubano Manuel Moreno Fraginals en su
libro El ingenio, el plato principal que se consumía en los
barracones de ingenios y cafetales era una especie de salcocho (aquí
asoma su. oreja peluda la pícara olla podrida de los
conquistadores). “confeccionado con unos pocos productos que
llenaban los requerimientos nutricionales”. Se le conocía como
funche, y aún hoy suele ser consumido en algunas islas caribeñas,
especialmente en Guadalupe; desde luego, enriquecido con más
elementos. No constituía una receta única, sino que se preparaba con
una base feculosa, por lo general de harina de maíz, o plátano o
boniato “a la que se le agregaba una porción generosa de carne
salada o bacalao”. La selección de los componentes variaba con los
precios del mercado y la disponibilidad del ingenio. Era servida en
abundancia y satisfacía el hambre. La manteca utilizada era de
cerdo. Con el pellejo de los animales sacrificados se freían
chicharrones en grandes ollas de metal.
Además del funche, los esclavos ingerían grandes cantidades diarias
de azúcar en diferentes formas, ya fuera sorbiendo el zumo de las
cañas en el mismo campo, o bebiendo el guarapo caliente que se
procesaba en las pailas, o comiéndose los trozos de raspadura que se
quedaban pegados en las enfriaderas y los tachos, o robando el
azúcar y la miel de la casa de purgas.
Cuando la situación económica y comercial del país se fue
estabilizando, ya cercano el siglo XIX, los esclavos comenzaron a
recibir dos raciones diarias de comida por hombre. No se les daba
desayuno, pero algunos ingenios les dejaban beber un trago de
aguardiente al amanecer. De una costumbre creada por la esclavitud,
este no desayunarse nada, o solo una taza de café o una línea de
ron, se convirtió en un mal hábito que se generalizó entre las capas
pobres de la población cubana, aunque en honor a la verdad, el
desayuno fuerte con jamón, huevos, bacon, panecillos con mantequilla
etc., nunca fue propio de la cultura española, sino más bien una
herencia que adquirimos nosotros los cubanos de nuestro contacto con
la cultura estadounidense. En realidad, el criollo aristocrático, el
patricio, fue, independientemente de su riqueza y patrimonio, más
bien frugal en el comer y en el beber. Los casos de un tragador
pantagruélico como uno de los hermanos de la poderosa y rica familia
Iznaga, de Trinidad, que se hacía servir enormes, suculentos
banquetes en la azotea de su mansión, y comía sin parar, totalmente
desnudo y rodeado de sus esclavos, no abundaron jamás en la isla.
Un esclavo consumía diariamente unos 200 gramos de carne o pescado
salados y 500 gr diarios de harina de maíz. Les estaba permitido
sembrar ciertos cultivos en sus conucos, así como criar aves de
corral, que podían consumir o vender si así lo deseaban.
De todo ello se infiere que la alimentación de los esclavos en las
plantaciones cubanas satisfacía con creces las necesidades calóricas
y proteínicas para cada jornada de trabajo; era más rica que la del
resto de las colonias caribeñas y casi igual a la que recibían sus
congéneres en las plantaciones de algodón de Virginia, mucho más
prósperas que las haciendas azucareras de la isla.
La carne salada o tasajo, que hasta el siglo XVIII se producía en
Cuba, comenzó después a importarse desde Tampico y Río de La Plata.
Pero luego de las guerras de independencia de las Trece Colonias
este mercado se interrumpió y Cuba fue inundada por la carne de vaca
procedente del vecino del norte. Esto duró hasta que terminaron las
guerras liberadoras en los virreinatos y se reanudó la compra de
tasajo al mercado ganadero de Montevideo.
Los rollitos de tasajo eran una excelente combinación. El tasajo se
comía con arroz, en aporreado, en picadillo, en pencas y en
rollitos. Se dice que los rollitos de tasajo estaban entre los
platos preferidos de la gran poetisa Gertrudis Gómez de Avellaneda.
El tasajo desalado se cortaba a la jardinera, se salteaba en poca
grasa y se sofreía en una salsa criolla perfumada con vino. Se
envolvía luego en casabe (humedecido con agua de sal). El rollito se
pasaba por pan rallado (o galleta molida) y huevo y se freía en
grasa bien caliente hasta dorar. Se acompañaban con boniatos fritos
y salsa criolla al gusto.
El bacalao, uno de los principales, si no el más importante rubro
comercial de Noruega, llegó a serlo, y esto es un dato
verdaderamente curioso, gracias a las importaciones de bacalao de
las plantaciones cubanas.
Tasajo y bacalao fueron, hasta mediados del siglo XIX, comida solo
de negros en Cuba. Los esclavos gustaban particularmente del tasajo
ligado con boniato. Pero durante la hambruna que asoló la isla
cuando la guerra de los diez años, el tasajo y el bacalao se
convirtieron en plato nacional comido por todos los estratos y
clases sociales. Este tasajo “boniatero” la base de la comida
acordada en las contratas de la mano de obra isleña e irlandesa que
construyó el premier tramo Habana-Guines del ferrocarril en la isla,
donde se especificaba que el tasajo solo le fuera suministrado a los
negros, mientras que a los blancos se les entregaría diariamente
carne fresca.
El boniato, por su parte, es una herencia de nuestros antepasados
taínos y siboneyes, quienes lo comían asándolo en cazuela de barro.
Así preparado, el boniato se conoce como “catibía”. Aún hoy, en
muchas regiones de Cuba, cuando se quiere remarcar que cierta
persona es boba, pelmaza o pierde el tiempo sin hacer nada útil, se
dice que fulano es un come catibía.
Sin embargo, hubo zonas en Cuba que, por ser ganaderas, alimentaban
a sus dotaciones de esclavos con carne de vacuno. Entre estas se
encontraban Puerto Príncipe y Sacti Espíritus. En el ingenio Las
coloradas, de la riquísima familia Valle-Iznaga, se consumían dos
vacas y media por semana, más los bueyes que casa semana eran
sacrificados por inútiles, y que también pasaban a formar parte de
las raciones de la dotación de 260 negros. Ello se debía a que la
carne fresca de vacuno era más barata que el tasajo.
Las primeras relaciones comerciales entre las Trece Colonias y Cuba
no se basaron, como muchos creen, en el comercio de tabaco o azúcar,
sino en el del arroz, que durante la mayor parte del siglo XVIII fue
comida de esclavos. Solo a mediados del XX se comenzó a importar
arroz asiático. De acuerdo con el gusto de la etnia yoruba, el arroz
que actualmente sigue gustando al cubano es el de grano largo y
entero, que se cocine desgranado, con manteca y más bien seco,
mezclándosele con frijoles, ya sean negros, colorados, lentejas o
cualquier otra miniestra. El arroz amarillo sazonado con picantes
era ya conocido en la cocina yoruba anterior a la esclavitud en el
Nuevo Mundo.
De todas las viandas cubanas, además del boniato —la de mayor
rendimiento por área de cultivo— fue el plátano la más consumida.
Era la única que habitualmente se cultivaba en los ingenios, puesto
que sus hojas se utilizaban por millares para taponar las hormas de
azúcar de cada zafra, y además, su fruto es el único que puede ser
comido en cualquier estado de sazón, es decir, lo mismo verde que
maduro. Del plátano verde se derivan deliciosos platos como el fufú
y el frangollo, predilecto de José Martí. El plátano verde asado con
tasajo fue una de las formas que tomó el funche. La malanga y el
ñame vinieron de África en los barcos negreros En el momento de la
Conquista española de la isla solo existía una especie de malanga
consumida por nuestros aborígenes.
Curiosamente, a pesar de ser Cuba una isla, el pescado
tradicionalmente ha sido desplazado de la mesa cubana por la carne
de cerdo y vaca, las más solicitadas siempre entre nosotros. Se
supone que se deba a una tradición heredada de España, en particular
de los pueblos castellano, manchego y extremeño, no así de los
catalanes, quienes tienen una dieta bien diferente del resto de la
península.
Las carnes rojas son el elemento principal de la olla podrida, plato
de las tripulaciones de marinos y los colonos que poblaron la isla,
ya que los componentes de una olla podrida se podían transportar en
las bodegas de los barcos con una relativa tasa de durabilidad.
Presumiblemente, el cruce entre la olla podrida tradicional española
y el funche de los esclavos haya dado lugar al famosísimo ajiaco
criollo, cuyos principales componentes son el tasajo de res, tasajo
de cerdo ahumado y pollo fresco. Actualmente y por causa de las
severas restricciones alimenticias impuestas por el período
especial, la caldoza ha venido a sustituir al ajiaco, pues se
confecciona solo con gallina y recortería de cerdo.
En lo que a postres se refiere, es bueno recordar que fueron los
esclavos africanos, aclimatados forzosamente en las plantaciones de
Cuba, quienes cambiaron la naturaleza del buñuelo español, al
sustituir la harina que se empleaba en su elaboración por otra de
boniato rayado o yuca, y hasta de calabaza rayada, con lo que el
buñuelo netamente criollo se volvió más suave en su textura y de
sabor más dulce que su predecesor peninsular. A las negras esclavas
cocineras se deben creaciones que han hecho famosa a la repostería
cubana, tales como las deliciosas melcochas, raspadura, majarete,
cremita de leche, dulce de guayaba, besitos de novia, souflé de
mango, mazapán de almendra, cusubé, reguiletes de guayaba, yemitas,
altea de chocolate, cafiroleta, gazeñiga, pirulí, dulce de hicacos,
maravillas de coco, palanquetas de gofio, boniatillo, etc. Algunos
de estos dulces vinieron de África y tienen una raíz religiosa
(sobre todo los elaborados con coco como base). Entre los dulces más
comunes se encuentran el coco rayado, el boniatillo (dulce hecho a
base de boniato hervido y tamizado, a cuya pasta se le agrega azúcar
y canela en polvo, y el arroz con leche). Otros provienen de la
Península, pero quedaron definitivamente transformados al pasar por
las manos de los cocineros esclavos de las grandes mansiones
cubanas. Estos ya no se veían constreñidos por las escoceses del
barracón, sino que manejaban las despensas de sus ricos amos, con lo
que pudieron dar rienda suelta a su inventiva y buen gusto para
confeccionar alimentos.
Conviene recordar que la mayoría de las comidas que se introdujeron
en Cuba a través de la esclavitud y la trata tenían para los
africanos un carácter religioso y ritual. Algunos de estos platos
ceremoniales son el ochinchín (elaborado a base de acelga o
verdolaga), el calalú (sopa tradicional y representativa en el
Caribe) a antes mencionado, el confí (carne de cerdo frita
conservada en manteca de cerdo), fufú de plátano, bolas de plátano,
funche (guisos de maíz), frituras, guisos de quimbombó, viandas con
mojos (malangas, plátanos, ñame), chilindrón de chivo, y congrí. El
aguardiente y la sopa de gallo (agua con azúcar morena). Ofrendas
mágicas son también las bolas de gofio con miel, dedicadas a Ochún;
plátano indio, carnero y quimbombó, para Changó; carne de cerdo
frita con mariquita para Olokun; ochinchín, dulce de harina, dulce
de coco, natilla para Yemayá; arroz con leche, merengue, ñame para
Obbatalá; ajiaco, arroz amarillo, agua con azúcar, gallo, coco,
carneros para Oggún. Como bebida se ofrecía el ecó (combinación de
maíz tierno, azúcar y agua) y el chequeté: especie de aguardiente
mezclado con miel de purga y hierbas aromáticas. (continuará…) |