Colón
y los hombres de las túnicas
Por Gina Picart
¿Cuál habrá sido el primer pensamiento de Cristóbal Colón cuando
pisó la tierra cubana? Muchos creen que si insistió ante los Reyes
Católicos en su acerto de haber encontrado el reino del Gran Kan,
fue por mantenerlos engañados y enajenados de su fracaso durante el
mayor tiempo posible. Pero también cabe la posibilidad de que, quién
sabe por cuanto tiempo, Colón hubiera creído realmente y con
absoluta sinceridad que había descubierto, si no los predios del
Gran Kan de la China, sí por lo menos el reino misterioso del preste
Juan, infinitamente buscado por los europeos durante al menos tres
siglos en aquella época.
Es lógico admitir que Colón, en los primeros días, semanas tal vez,
de su llegada a las Antillas, que fue lo que primero vio del Nuevo
Mundo, estuviera terriblemente deslumbrado por el espectáculo que se
ofrecía ante sus ojos. Pero eso no fue lo único que pudo ayudar a
confundirlo. También ocurrieron sucesos para los cuales Colón no
tenía en ese momento, ni encontró después, explicación válida, como
por ejemplo, el encuentro, que aparece narrado en su diario, de uno
de sus hombres con un ser misterioso ataviado con una larga túnica
blanca. Este personaje se hallaba en compañía de los aborígenes
cuando fue visto por el soldado.
El hecho tuvo lugar frente a las costas de Isla de Pinos (llamada
Evangelista por los españoles recién llegados), cuando la noche del
3 de junio de 1494 echaron anclas las tres naves del Almirante, y ya
entrada la mañana del día 4, fueron enviados a tierra varios bateles
encargados de traer agua y alimentos a las naves. Mientras un grupo
de españoles se dedicaba a recolectar las frutas de los árboles,
cuatro ballesteros se internaron en lo más espeso de la floresta
para ver si podían encontrar caza. Uno de ellos creyó divisar cerca
una cornamenta, y tentado por la idea de atrapar un ciervo, avanzó
agachado y silencioso, hasta que de repente se dio cuenta que lo que
había tomado por un cérvido era, en realidad, una figura humana, un
hombre ataviado con una larga túnica blanca que también se quedó
inmóvil, y probablemente tan sorprendido como el propio ballestero,
quien declaró a Colón que aquel ser tenía el rostro cobrizo y negros
cabellos largos. El soldado español, quizás por instinto, quiso
esbozar un gesto de saludo, una inclinación quizás, pero comenzaron
a llegar indios armados con macanas y le pareció más sensato
retirarse. Al menos tal fue el testimonio que el hombre brindó a su
Almirante, quien lo reprodujo, queremos creer que fielmente, en su
diario.
Es difícil suponerle a Colón la intención de inventar este episodio
para confundir a Isabel y Fernando, especialmente porque ha quedado
el testimonio de otros soldados de que a la mañana siguiente Colón
envió un destacamento a buscar al misterioso hombre de la blanca
vestimenta. Intento vano, porque nadie lo volvió a ver.
Es posible que quienes han aventurado la idea de que Colón tal vez
creyó haber llegado al mítico reino del preste Juan tengan razón.
Pero es más lógico pensar que Colón, empecinado como estaba en su
obsesión de haber llegado a las Indias, tuviera una idea más
realista, suponiendo que el hombre visto fuera el sacerdote de algún
importante rey que tuviera poder sobre las muchas riquezas con que
él había soñado desde niño.
Este suceso ha quedado dando vueltas en la mente especulativa de
científicos e imaginadores a ultranza, y en la actualidad ha servido
para apoyar las suposiciones de que Colón lo que vio fue un druida.
La asociación no es, en el fondo, tan delirante como se pudiera
suponer, pues se sabe que los druidas britanos y galos adoraban al
dios Cernunnos, cuyo atavío principal era una cornamenta de ciervo
sobre la cabeza. Pero en todas las culturas con religiones en
estadíos chamánicos, los sacerdotes han utilizado las pieles y
cornamentas de diferentes animales para adornarse con ellas, cosa
que también ha sido desde tiempos remotos práctica habitual de los
cazadores.
No tiene nada de extraño ni de alucinante que un behíque u otra
clase de hechicero se ataviara con una cabeza de ciervo. El estado
evolutivo de la civilización de nuestros aborígenes era el de una
religión chamánica. Es muy posible que el ballestero de Colón haya
topado con un grupo compuesto por un sacerdote o hechicero,
acompañado de sus fieles, cuando realizaban, o se dirigían a
realizar alguna ceremonia mágica, con toda probabilidad un ritual de
iniciación de púberes en el paso a la adultez como futuros cazadores
de la tribu, o un ritual destinado a facilitar la caza del ciervo.
En aquella fecha Colón, alucinado aún por las leyendas de fortuna y
grandes reinos que alimentaban entonces la fantasía colectiva de los
pueblos de Europa, y por sus propios deseos de aventurero que
ambiciona la grandeza, creía aún, tenía aún un pensamiento que
pudiéramos calificar de fantástico, capaz de aceptar las
explicaciones más fantasiosas sobre todo cuanto veían sus ojos. Fue
después, mucho después, cuando ya la realidad había vencido a su
imaginación, cuando se vio en la necesidad de ocultar su fracaso y
engañar a los Reyes Católicos, que esperaban fuera él, con la
grandeza del Descubrimiento, el instrumento divino para cimentar la
naciente gloria de la Corona española. ¿Quién, en su lugar, no
habría mentido?. |