Leyendas
sobre aborígenes cubanos
Por Gina Picart
Hace años unos amigos aficionados a la espeleología aborigen me
contaron que, en cierta ocasión, cuando buscaban puntas de silex y
otros restos arqueológicos en Topes de Collantes, entraron a una
caverna para pasar la noche, y encendieron una hoguera. Uno de
ellos, auténtico descendiente de taínos de la zona de Oriente,
llevaba consigo una flauta indígena tallada por él mismo, y para
amenizar la larga velada tocó unos acordes.
Según los testimonios del grupo, la música desencadenó extraños
fenómenos en el interior del recinto rocoso, y algunos de los
presentes creyeron percibir la formación de extraños rostros en el
humo de los leños. Observaron mejor y les parecieron perfiles de
antiguos behiques, sacerdotes de los indocubanos. Todos escaparon
asustados y durmieron a la intemperie.
Es común que las expediciones arqueológicas o los grupos de
antropólogos que realizan estudios de campo tengan muchas anécdotas
que contar, entre ellas fantásticas, porque la imaginación del
hombre no se detiene ni ante las puertas de la ciencia, que a menudo
suele forzar.
En el caso de los indocubanos, existe una riquísima tradición de
leyendas y mitos que nuestros antropólogos han recogido e
investigado. Vayan estas como botón de muestra:
Los campesinos de la Ciénaga de Zapata evitan entrar en ciertas
cuevas de esa zona porque creen que algunas están habitadas por
espíritus de indios que las protegen. Es un hecho rigurosamente
demostrado por la Historia y los cronistas de Indias que muchos
aborígenes cubanos se refugiaban en lo profundo de las cavernas para
huir de la persecución de los encomenderos, quienes les daban feroz
caza para esclavizarlos. Para hacer salir a sus presas, las
asfixiaban quemando ramaje seco a la entrada de la cueva. Muchos
indios, por el horror que sentían de ser esclavos, preferían dejarse
morir adentro.
Entre los religiosos cubanos practicantes de creencias no derivadas
de la iglesia católica, está muy arraigada la idea de que los
espíritus de los aborígenes cubanos masacrados por los españoles
siguen en el éter y se comunican con los médiums de los cordones
espiritistas actuales; estos espíritus son sabios y velan por la
isla y por sus pobladores a través de vínculos en ocasiones
individuales. De este modo, los aborígenes cubanos, que denominaban
opías a los espíritus de sus muertos son, a su vez, opías ellos
mismos.
Matanzas es una región en la que florecen los mitos y leyendas sobre
la aparición de espectros taínos y siboneyes. Una de ellas es la
leyenda de la bella Aipirí, madre de dos bellos niños a los que cada
noche abandonaba para dedicarse a fiestas y jolgorios. Cabuya, genio
del mal, cansado de escuchar los lloros de los bebés, los transformó
en los arbustos venenosos llamados guao, que provocan en quien se
roza con ellos inflamaciones tóxicas y de los que se dice que hasta
su sombra es capaz de envenenar a hombres y animales. No contento
con lo hecho a los pequeños, Mabuya quiso extender su castigo a
Aipirí, a la cual transformó en la extraña sombría mariposa negra
que se conoce en Cuba con el nombre aborigen de Tatagua.
La viajera sueca Fredrika Bremen recoge en sus diarios de viaje a
través de la isla la leyenda del río Yumurí, explicando su nombre
por el de un joven cacique enamorado de una princesa destinada a
casarse con otro jefe. Avisado de laboa por un esclavo de ella,
Yumur´acudió entre las sombras de la noche pilotando su canoa. Se
propoía raptar a su amada en medio de la ceremonia de boda; y así lo
hizo, siendo los dos perseguidos por los soldados hasta que tuvieron
que lanzarse al agua. El río estaba sembrado de mangles que
sostuvieron un tiempo a la pareja abrazada, pero al final se
hundieron en el suelo pantanoso, tumba definitiva de sus aciagos
amores.
Pero la isla entera es reservorio de estas leyendas, y desde San
Antonio a Maisí está llena de ceibas de las que en medio de la noche
brotan indios muertos que interpelan al caminante extraviado
comunicándole peticiones y deseos que la muerte les impidió
cumplimentar.
El hecho de que los siglos transcurridos desde la desaparición de
nuestros aborígenes y la asimilación de otras culturas foráneas
hayan convertido a la isla de Cuba en una nación totalmente
occidental, debiera inclinar a suponer que la memoria de nuestros
primeros habitantes estaría ya totalmente borrada, pero en realidad
es todo lo contrario: los taínos y siboneyes han permanecido vivos
en el imaginario religioso del pueblo, y las ricas investigaciones
llevadas a cabo por los antropólogos nativos hay reavivado la
presencia de este pueblo aparentemente extinto, que ocupa su lugar
indesplazable dentro de la identidad cultural de nuestro país. |