"Bolas de fuego"
Por Gina Picart
Los campos cubanos, que de día se caracterizan por su monótono
verdor, sus yerbazales y sus extensos campos de caña, por la noche
se transforman en lugares donde reina el terror pánico, tan repletos
están de sucesos sobrenaturales, apariciones, fenómenos
inexplicables y otras aberraciones que la mente del hombre no puede
concebir (y mucho menos enfrentar) sin empavorecer. Al menos, eso
han asegurado desde siempre los campesinos de la Antilla Mayor.
Los famosos “cuentos de guajiros” con que la gente gusta de
asustarse desde hace siglos son, en muchos casos, leyendas de origen
remoto que han sobrevivido en el imaginario popular al paso del
tiempo, a nuestras guerras de independencia, la reconcentración y a
la modernidad. Sirva como ejemplo de lo dicho la tremebunda, pero
también muy hermosa leyenda de las bolas de candela.
La bola de candela suele aparecerse en encrucijadas, cruces de
caminos, cementerios, pantanos, campos abandonados y cualquier lugar
que se le antoje, siempre y cuando esté poco o nada habitado. Es una
esfera ígnea, o al menos así la describen quienes la han visto. Se
muestra de cualquier tamaño, y aunque los científicos han pensado
que pudiera tratarse de un rayo esférico, fenómeno eléctrico nada
fantasmagórico y perfectamente explicable por las leyes de la
física, la hipótesis tropieza con el echo de que los rayos esféricos
que han sido identificados como tales tienen el tamaño de un puño e
incluso menos, mientras que las misteriosas bolas de fuego a veces
han sido descritas como enormes.
Las bolas de candela pueden aparecer en una línea de tren, y de
hecho, una de las más imaginativas variantes de la leyenda alude a
la línea férrea como escenario de cierta bola de fuego que solía
asustar, allá por Villa Clara, al maquinista de un tren que
atravesaba la vía cada madrugada a la misma hora. El pobre hombre,
en cuanto la veía aposentada en medio de los rieles, comenzaba a
detener la locomotora por miedo a chocar con el fenómeno, pero
siempre que le faltaban apenas unos metros para el impacto la bola
desaparecía como si se diluyera en el viento.
Oras veces la bola persigue largo trecho a quienes encuentra en su
camino, aunque no se han reportado víctimas de este seguimiento,
como no sea algún que otro desmayado por el susto.
Una vecina de Villa Clara, territorio del que parecen gustar
especialmente las bolas de candela, asegura que ella, cuando era
niña, veía todas las noches una bola que arrastraba una cadena.
Rodando, la bola subía hasta la cima de una loma cercana; allí se
quedaba un rato hasta que salía volando en dirección a la copa de
una ceiba, desde donde, finalmente, ascendía al cielo. La fuente no
aclara si la bola se llevaba e su vuelo a la cadena.
La leyenda tiene otra variante donde la bola se presenta acompañada
por aparecidos o espectros que se abalanzan sobre los
trasnochadores. Algunos campesinos han asegurado a los etnólogos que
la bola misma a veces se convierte en un hombre, un muerto envuelto
en un sudario y con un enorme tabaco encendido colgando entre sus
mandíbulas descarnadas.
Salvo Samuel Feijóo, antropólogo, escritor y periodista que dedicó
su vida a la recolección de mitos y leyendas de los campos de Cuba,
y las utilizó en no pocas de sus obras de ficción, han sido muy
escasos los escritores que han empleado el folklor guajiro como
materia narrativa de sus textos. Quien más se ha destacado ha sido,
en mi opinión, Oscar Hurtado (La Habana -1977), autor y editor,
quien usó, precisamente, la leyenda de la bola de candela en Los
papeles de Valencia el Mudo, recopilación de sus textos editada por
la colección Huracán. En “Rocío del dragón I”, Hurtado crea el
personaje de Valencia, su siniestro abuelo, hombre de aristocrática
condición y riquísimo hacendado que terminó convertido en vampiro
por amor a su esposa, la mulata haitiana Eva Marie Duvalier. En
pasajes que clasifican entre los más espeluznantes de la literatura
de horror escrita en Cuba, Hurtado hace comparecer a la bola de
candela, acompañada esta vez de otro típico ente mítico de nuestros
campos: la cucaracha gigante que arrasa los campos en su vuelo
mefítico.
Esta leyenda de las bolas de candela se ha mantenido a través del
tiempo con una curiosa persistencia, como es también el caso de la
joven que pide autostop a los choferes noctámbulos que se cruza en
las carreteras. Y ha dejado de pertenecer a un ámbito campestre para
urbanizarse. Yo misma he escuchado a varios reclutas del Servicio
Militar Obligatorio contar apariciones de este fenómeno en los
alrededores de los fortines y trincheras aislados donde hacían
guardia de madrugada. Y no se trata de muchachos de provincias o del
interior, como llaman los habaneros a los guajiros de monte adentro,
sino de jóvenes nacidos en la capital, estudiantes de
preuniversitario en el momento en que fueron reclutados. Con esto la
bola de candela guarda en el closet definitivamente su sombrero de
yarey para convertirse en un miembro más del folklor de las
ciudades.
No tengo noticias de si las bolas de candela aparecen registradas
también en el acervo folklórico de otros países y culturas, aunque
hemos leído referencias a algún fenómeno semejante en textos de
civilizaciones antiguas, como el Mahabarata y otros, pero no creo
que se trate exactamente de lo mismo.
En todo caso, es de desear que algún día, entre los inocentes
caminantes extraviados en la oscuridad de las noches, esté presente
un físico en el momento en que alguna de las caprichosas bolas de
fuego decida salir al camino a asustar gente. Esa sería, tal vez, la
única manera de tener una idea de la naturaleza de este enigmático
personaje de leyendas. Eso, si el físico en cuestión no saliera
corriendo el primero delante de todo el grupo, porque aunque yo
jamás haya visto una delante de mí, no tengo dudas de que el
encuentro sorpresivo con una bola de candela debe ser algo muy
difícil de soportar… y de olvidar. |