ESPECIALES

Con sangre se hizo azúcar…

Gina Picart

Esta es una frase que aparece escrita en alguna parte de El ingenio, ese excelente libro de Manuel Moreno Fraginals sobre la historia del azúcar en Cuba. Pero es algo más que palabras, no solo porque nuestra industria azucarera nació envuelta en sangre de esclavos, sino porque nuestro ferrocarril, el primero de Hispanoamérica, y que tan cimero papel tuvo en el desarrollo de la riqueza azucarera cubana, también vino al mundo chorreando sangre, aunque no toda africana ni esclava. Es una historia sorprendente.

Los sacarócratas isleños, siempre tan preocupados por implantar tecnología que favoreciera sus ganancias, obtuvieron el 12 de octubre de 1834 un permiso del rey Fernando VII de España para construir una línea férrea en Cuba, que permitiría optimizar el transporte del azúcar, frutas y tabaco desde los campos del sur occidental de la isla hasta el puerto de La Habana. De inmediato, el conde de Villanueva, en la fecha presidente de la Junta de Fomento, inició negociaciones con Inglaterra para obtener un empréstito de dos millones.

Cuba fue el cuarto país del planeta y el primero del mundo hispanoparlante en poseer ferrocarril, incluida la Madre Patria, que debutó en los rieles con la línea Barcelona-Mataró, construida por el catalán Miguel Biada en 1848, casi diez años después que transitara por tierra cubana la primera locomotora. El primer tramo del ferrocarril cubano fue la línea Habana-Guines, con unas 16 leguas de extensión equivalentes a unos 90 kilómetros, y fue inaugurada con gran pompa el 19 de noviembre de 1837. Se dice que a lo largo de los rieles, las bellísimas y no menos elegantes damas de la sacarocracia bebieron discretamente pequeñas copitas de vino en señal de alegre celebración.

Pero esta fiesta escondía una de las mayores tragedias de la historia de nuestro país. Cuando los banqueros de Inglaterra decidieron conceder sus capitales a los hacendados de la Junta de Fomento, a quienes apoyaban la Sociedad de Amigos del País y otras instituciones poderosísimas de la isla, se decidió contratar ingenieros norteamericanos, pues ya para ese entonces Norteamérica era uno de los más importantes socios azucareros de Cuba. Estos profesionales no veían con confianza la mano de obra esclava que los hacendados podían ofrecer, y sugirieron contratar irlandeses. Por su parte, España procedió de inmediato a la contratación de campesinos de las Islas Canarias.

Sobre el destino de los canarios es mejor leer directamente lo que escribe Moreno Fraginals:

Los isleños, como se les llamaba a los procedentes de Islas Canarias, constituyeron un gran negocio de la firma habanero-catalana González y Torstall. Los isleños eran enganchados en Canarias y llevados a La Habana bajo el compromiso de un sueldo fijo de 9 pesos mensuales, de lo cual estaban obligados a reintegrar el precio del pasaje, los gastos de la compañía, el pasaporte y la mensualidad de una clínica que habría de atenderlo en caso de necesidad. Por ello, en el primer año les quedaban libres de 12 a 18 pesos. El resto iba a manos de la empresa importadora de hombres. Para que no abandonaran el trabajo, irlandeses e isleños eran traídos a Cuba dentro del régimen militar y la falta al pase de lista diario era considerada deserción, punible de cárcel y hasta de fusilamiento.

Las condiciones de vida eran tan negativas que continuamente había sublevaciones en el trabajo del ferrocarril. En 1838, la madre del niño de 13 años Francisco Rufino solicitó al Real Consulado retornar a su hijo a Canarias y la petición fue denegada. Según su expediente, el niño llevaba seis meses trabajando y todavía debía a los contratistas 40 pesos, es decir, cinco meses y medio más de trabajo sin recibir un solo centavo de jornal. Meses más tarde su nombre apareció en la lista de los trabajadores muertos en las labores extenuantes del ferrocarril.

No es este el espacio adecuado para extenderme en una historia del ferrocarril, por lo que me limito a reseñar sus momentos más importantes, como por ejemplo, la instalación del primer tren eléctrico en Cuba, llevada a cabo por el famosísimo magnate norteamericano Milton Hershey, llamado el rey del chocolate, quien después de un viaje que realizó a la isla para probar nuestros azúcares, decidió involucrarse a fondo en la producción de este producto, para lo cual fundó el célebre pueblo de Hershey, donde había un central. Lo rodeaban las instalaciones para el personal especializado extranjero, con un hotel y bungalows, y un batey con las viviendas de los trabajadores.

Hasta hoy existe el trencito de Hershey. Reliquia legendaria de una época de auge económico de la isla, hoy, modestamente, traslada turistas desde el poblado de Casablanca, al norte de La Habana, hasta el antiguo central, situado en Santa Cruz del Norte, donde todavía pueden verse las viejas casas de piedra o madera con techo de zinc o tejas a dos aguas, fundado por el millonario norteño en 1919.

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