¿Hay celtas en Cuba?
Gina Picart
Parece una pregunta que sale sobrando, pues un país como el nuestro,
con una fuerte inmigración gallega, es claro que tiene genes celtas.
Pero... ¿cuánta gente está plenamente consciente de esto? Dentro y
fuera de Cuba la impresión generalizada es que somos un pueblo de
raíces africanas. Una nación monolítica de orichas, rumba de cajón,
mulatas y mucha salsa sazonada con ron Havana Club.
Pero una mirada atenta podría derrumbar en poco tiempo ese
estereotipo.
UN ANÁLISIS PRELIMINAR DEL PANORAMA
RELIGIOSO Y CULTURAL CUBANO
La población cubana fue, antes de 1959, predominantemente blanca y
católica. El éxodo y las nuevas políticas ideológicas y culturales
que trajo consigo la Revolución alteraron sustancialmente ese estado
de cosas. Una gran cantidad de la población abandonó el catolicismo
por el ateísmo revolucionario y otra gran cantidad partió al exilio
con fe o sin ella. Durante décadas fuimos un pueblo que cultivó el
laicismo, pero esto cambió durante los años noventa, cuando el
Estado comenzó a promover la unidad religiosa y política y el
Partido Comunista comenzó a aceptar en sus filas a creyentes del
protestantismo y de las religiones afrocubanas. El mapa
filosófico-religioso de la isla sufrió cambios. El apoyo del Estado
a la promoción del Barrio Chino —sin chinos— de La Habana y sus
antiguas formas de cultura aceleró la expansión de las artes
marciales y su concepción del mundo. La caída del campo socialista,
con su repercusión en la medicina cubana, provocó un auge de la
medicina tradicional, y comenzaron a llegar Maestros extranjeros que
introdujeron el reiki, la energía universal, el budismo y otros
sistemas de sanación que también comportan otro modo de percepción
del universo. Y a través de los grupos de rock gótico la mayor de
las Antillas de repente descubrió el revival de la cultura celta,
Enya, los mitos artúricos, el druidismo y el espectáculo maravilloso
de Riverdance. Todo ello se ha resuelto en un nuevo sincretismo,
pero ahora se trata de una cultura multipolar.
Si nuestra población tiene genes celtas, y esto es incuestionable,
no tenía (o escasamente tuvo, pues no podemos olvidar la orientación
cultural anglofrancesa de nuestro patriciado) un sustrato celta
hasta los tiempos de la intervención norteamericana. Esto se debe a
que los españoles de la Conquista, fundadores de nuestra nación,
eran de un arraigado catolicismo bien depurado por siglos de
Inquisición, y si alguna contaminación religiosa llegó con ellos fue
una mínima cantidad de conversos al judaísmo —la mayoría de estos
llamados "marranos" siguieron viaje hacia los promisorios
virreinatos centro y suramericanos—. El elemento africano, al
sincretizarse con el español produjo formas de música y baile muy
propias del país, como las habaneras, el danzón y el son, y muy
pronto desaparecieron de las celebraciones cubanas las formas puras
de los bailes de corte y populares que pudieron llegar con la
Conquista. Fuimos una mezcla de españolismo católico y africanía.
Con la intervención norteamericana comienzan a aparecer en Cuba,
posiblemente como parte de la labor de colonización, formas
culturales que muchos entre nosotros creen de origen norteamericano,
pero que, en realidad, llegaron a Estados Unidos con los fundadores
ingleses y la enorme inmigración irlandesa que ha caracterizado
siempre a ese país. Por ejemplo, el tan controvertido y
anatematizado Árbol de Navidad con sus adornos típicamente
celtocristianizados, y las colecciones de cuentos de hadas —con
títulos clásicos que ya los pequeños cubanitos de clase alta y media
conocían desde hacía mucho tiempo— se empiezan a vender con un
repertorio de historias mucho más rico y una impresión de excelente
factura en cuanto a ilustraciones y posibilidades de color. Los
hijos de las familias cubanas de las ciudades crecen acunados por el
dulce resplandor de las hadas, los gnomos, los príncipes y
princesas, los caballeros, las brujas y hechiceros, los dragones y
castillos de las sagas nórdicomedievales, vale decir celtomedievales,
en realidad. Los niños campesinos siguen oyendo los cuentos de
madres de agua, guijes y bolas de fuego típicas del campo cubano, y
los niños negros se duermen con patakines. Pero teniendo en cuenta
la característica movilidad de la población dentro de la isla, hay
que sospechar que estos límites culturales no fueron siempre
rígidos. La hija del hacendado, el banquero, el abogado, tiene una
institutriz irlandesa o inglesa que le enseña idioma inglés, pero
los hijos de la cocinera de esa familia también escuchan, aunque sea
detrás de la puerta, y cuando la pequeña patricia va de vacaciones a
la hacienda de sus padres, escucha las historias de orichas y de
magia que cuentan los empleados negros a las órdenes de su padre.
¿San Berenito, todo mezclado?
Paradójicamente, como tantas veces suele ocurrir cuando se trata del
terreno de las ideas, regido por leyes que en ocasiones se comportan
de un modo oscuro y por tanto imprevisible (como acertadamente
advirtió Lenin), los esfuerzos de la Revolución por laicizar a la
población cubana han devenido en una profusión de confesiones de fe
y de sistemas religiosos y filosóficos que constituyen un verdadero
e interesante mosaico. En Cuba, junto a los marxistas convencidos
pululan los católicos, los protestantes, los budistas, los yoguis,
los practicantes de la medicina tradicional china, ayurvédica y
africana; del budismo, el taoísmo; los rosacruces los masones; en
enorme número los babalawos, santeros, y seguidores del palomonte y
otras religiones africanas; los espíritas, los fanáticos de la Nueva
Era, los aprendices de cabalistas, unos cuantos roqueros satanistas
—o que ingenuamente creen serlo—; la Iglesia Ortodoxa Griega y...
los amantes fervorosos de la cultura de las cinco naciones celtas
actuales y todas las antiguas. Sin olvidar, claro está, a los frikis
y sus numerosas variaciones sobre un mismo tema.
El acercamiento económico de la isla a España, que siguió al
derrumbe del campo socialista y tuvo, entre otras consecuencias, un
acercamiento también cultural a la Madre Patria, produjo una
inmediata proliferación de sociedades españolas que comenzaron a
promover los bailes de las diferentes regiones de origen de nuestros
antepasados hispanos. El característico movimiento de brazos y
piernas y las danzas circulares, comunes a los bailes de todas las
naciones celtas, dejaron de ser motivo de risa como cosa de
abuelitos nostálgicos de boina y alpargatitas, para convertirse en
la viva aspiración de cientos de niñas y niños, y de madres y padres
no menos entusiasmados que sus vástagos, quienes cosían vestidos de
vuelos y lunares, tejían mantillas y buscaban zapatos de carácter
para las presentaciones de sus hijos. Cuba, sin darse cuenta, se fue
preparando para entender, disfrutar y emocionarse hasta el tuétano
con el retumbar de las tablas bajo las maravillosas piernas del
conjunto irlandés Riverdance. Y de repente, el mundo de las hadas,
gnomos, caballeros, princesas y dragones, despertó en el anestesiado
imaginario del cubano a los acordes de las canciones de Enya y unos
videoclips que mostraban, en movimiento, las imágenes de una cultura
que tantos y tantos de nosotros lleva sembrada desde tiempos
ancestrales en una parte de nuestra memoria genética...
NACE LA PEÑA CELTA BAYA DE ORO
Abel Durán y Ernesto Domínguez impresionan por su inteligencia,
seriedad y rigor de trabajo. Se conocieron en la Facultad de
Historia de la Universidad de La Habana, y de inmediato descubrieron
que tenían una pasión común: rock y cultura celta. El 31 de octubre
del 2001, en la sala-teatro Talía, asignada al Grupo de Teatro
Universitario y prestada para la ocasión, los dos jóvenes inician lo
que ha llegado a ser conocido como la Peña Celta Baya de Oro. Esta
primera actividad padecía un pobrísimo soporte técnico: Abel y
Ernesto solo disponían de una diskman que en un inicio pensaron
conectar a un amplificador con cables improvisados, aventura que
nunca funcionó, por lo que la velada transcurrió sin música. En sus
primeras presentaciones ofrecieron conferencias de quince minutos
sobre historia de los pueblos celtas. A pesar de que no habían hecho
promoción oficial, desde la primera peña contaron con un nutrido y
entusiasta auditorio que fue creciendo en las sucesivas
presentaciones. Libros como Los comentarios de Julio Cesar a la
guerra de la Galias, Las colinas huecas y La cueva de Cristal, Yo
Claudio y Claudio el dios, y filmes como Excalibur, Las nieblas de
Avalón, Arturo y otros materiales semejantes comenzaron a circular
entre los adeptos al nuevo culto, que contaba con decenas de
estudiantes preuniversitarios y universitarios de facultades de
Ciencia y Humanidades. Por las reuniones de la Peña pasaron en
cuatro años importantes artistas, como la agrupación de música
antigua Ars Longa, internacionalmente conocida, Afrocuban Kelt, el
célebre gaitero negro Wilbert Calvert, quien llamara recientemente
la atención del mundo como discípulo de un gaitero gallego fallecido
en Cuba, y otros. Después de un tiempo presentándose en la diminuta
sala-teatro El Sótano, la Peña dejó de ofrecer actividades públicas.
Pero aunque imposibilitados por la falta de apoyo de las
instituciones culturales gubernamentales, sin sede para las
presentaciones, Abel y Ernesto no se dieron por vencidos, y tras dos
años de silencio lograron reaparecer el sábado 31 de mayo en el
Centro de Cultura Hispanoamericana, más conocido como Palacio de la
Cariátides de Malecón y antigua sede del Centro Cultural de España.
Con un regreso a sala desbordada, con espectadores de pie y sentados
en el suelo desnudo de los pasillos, la Peña Baya de Oro (que toma
su nombre de la baya del muérdago, planta ritual druídica) reabrió
sus puertas para cerrar un evento de ciencia ficción y fantasía
convocado por el grupo Behíque de jóvenes ilustradores y escritores.
Con más de cuatrocientos asistentes que aguardaban ansiosos el
concierto del dúo Pilgrim de música celta, integrado por Adela y
Félix, tecladista y cantante procedentes de la ciudad de Santiago de
Cuba, la Peña presentó videos, dio lectura a poemas, y realizó
presentaciones de libros de temática celta escritos por autores
cubanos. Por increíble que parezca, la única publicidad desplegada
fueron unos volantes impresos que algunos voluntarios pegaron en los
predios de la Universidad.
Cabe preguntarse por qué si manifestaciones culturales como el
reguetón, de raíz abiertamente marginal, reciben apoyo total de las
instituciones culturales de nuestro país, la Peña Celta Baya de Oro
no puede beneficiarse de lo mismo. Duro ha sido el camino del rock
cubano, estigmatizado fuertemente desde sus inicios, pero ahora
triunfante, con promoción oficial y espacios en los medios de
prensa. Esperemos ¿con paciencia...? a que este destino alcance en
un futuro inmediato a la Peña Celta Baya de Oro, bastión de la
cultura celta en una isla del Caribe con —¡también!—sangre
descendiente de Breogán, Cuchulain y Arturo. Como manifestación
cubana de una cultura que es patrimonio de la Humanidad, y
respaldada en la isla por un considerable número de seguidores,
derecho tiene. Derecho pleno. Que así sea, por el bien de la cultura
nacional. |