Santísima
Trinidad: El regreso de un barco fantasma
Gina Picart
Entrar en la gran nave del castillo que mira al mar desde el litoral
norteño de la Ciudad de La Habana, es una experiencia muy singular:
allí, reducido a dos metros de eslora se yergue, apenas recubierto
su esqueleto de madera, el más fabuloso de todos los navíos de la
Armada Española, y puede decirse sin temor a exagerar que junto a El
Escorial, el buque Santísima Trinidad conforma el binomio insignia
de la gloria imperial de la España de Felipe II.
Fue Eusebio Leal, Historiador de la Ciudad, quien prestó
decididamente su apoyo al proyecto de reconstrucción de este barco
que hizo historia, en colaboración con la Asociación Canadiense
Amigos del Santísima Trinidad, institución que recaudó los fondos
para sufragar esta hermosa aventura.
Juan Carlos Zuloaga, especialista principal del proyecto, cuenta que
no se dispone de mucha información sobre el Santísima Trinidad. “La
hay de otros navíos de línea de las armadas francesa, española e
inglesa, pero el Santísima Trinidad, a pesar de haber sido el buque
más grande de la era de la madera, de la era de vela, no tiene
registrada mucha información que pueda considerarse exacta. Más bien
lo que han hecho quienes han escrito sobre este barco es recoger
información en los cuatro puntos cardinales. Por ejemplo, si hoy se
sabe que en la batalla de Trafalgar estaba pintado de rojo, como
este modelo en el que yo estoy trabajando, es porque los ingleses
grababan todas las batallas en que intervenía su armada, y es por
estos grabados de época ingleses que hoy podemos saber que el navío
apareció en la batalla pintado de rojo con cintas negras, lo que no
era el modo usual en que se pintaban los navíos de la armada
española, sino en amarillo con cintas negras. Aún en nuestros días
no ha podido hallarse ninguna referencia que explique por qué el
barco tenía estos colores y no los reglamentarios de su país. Por
eso se puede encontrar variación en los modelos que se hagan por
ahí. El Santísima Trinidad llegó hasta 1805, fecha en que ya habían
sido hechas otras modificaciones reglamentarias en cuanto a colores,
por lo que se debe tener mucho cuidado de no caer en anacronismos al
representarlo.
“También la tecnología naval se fue desarrollando, pero ya este
barco no pudo beneficiarse de ello. Un ejemplo triste de este
retraso es el de las bombas de achique. Se sabe que el Santísima…
tenía bombas de achique de un solo émbolo., que achicaban unas
ciento veinte toneladas de agua por hora, y que manejaban 150
hombres cuando había mar gruesa o temporales. Estas bombas eran
insuficientes y fuera de moda, los navíos de línea de la época
llevaban ya bombas de cadena como las que tenían los ingleses, que
achicaban mucha mayor cantidad de agua con menos esfuerzo. Esa fue
una de las razones por las cuales el Santísima no pudo ser salvado
en Trafalgar, porque sus bombas de achique no dieron abasto para
sacar toda el agua que le fue entrando por los boquetes hechos por
los impactos de cañón recibidos durante la batalla, más el temporal.
Si hubiera tenido bombas de cadena, quizás hubiera habido tiempo de
que los ingleses llegaran más allá de Gibraltar y lo mantuvieran a
flote. La información es tan confusa sobre este barco, que
actualmente se dice que existen dos planos del mismo, uno en Estados
Unidos y otro en España. Es posible que los españoles se llevaran el
plano al retirarse de Cuba, pero también podrían tener los
americanos el plano verdadero. ¿Cómo saberlo? Incluso he escuchado
de una fuente muy relevante que en cierto apartado del Archivo
Nacional existe un plano del Santísima…
“En los navíos de línea, pero no solo en ellos, sino en general en
todas las armadas de época, la comida que se consumía estaba muy
relacionada con los alimentos que se consumían en Europa, y lo mismo
sucedía con los navíos norteamericanos. Solo había una diferencia
entre, por ejemplo, españoles e ingleses, y es que estos últimos se
dieron cuenta en algún momento de que el escorbuto que sufrían los
marineros durante las travesía largas se relacionaba con la falta de
ingesta de frutos y verduras frescos. Entonces estibaban en sus
bodegas toda la cantidad de cítricos que pudieran conseguir,
extrayéndoles el zumo que embazaban en botellas utilizando la misma
técnica de las conservas.
“En aquella época no existía el frigorífico, por lo que era
necesario embarcar los animales vivos, de modo que un navío de
guerra no era solo una plataforma de guerra, sino también una
especie de granja repleta de gallinas, cerdos, bueyes y cabras,
estas últimas con la misión de proveer de leche a la tripulación,
pues las vacas se llevaban a bordo en muy poca cantidad, siendo
preferidos los bueyes, siempre destinados a la mesa de los
oficiales. Estos animales vivos representaban una muy seria amenaza
para la salud de la tripulación, pues los barcos de entonces tenían
muy mala ventilación y peores condiciones para la vida a bordo. De
hecho, para los 1048 hombres que llevaba el Santísima… en la batalla
de Trafalgar, ese tipo de barco solo disponía de diez baños, una
parte de ellos en los jardines que estaban ubicados en la sección
destinada a la oficialidad. El resto de la tripulación, o sea, casi
todos los hombres, tenían que hacer sus necesidades naturales en
baldes y arrojar al mar su contenido, lo que provocaba infestación
de la comida almacenada en las bodegas.
“El agua que se llevaba en las bodegas, envasada en los pipotes más
grandes puesto que es el elemento que más consumen los humanos, se
estibaba en la parte más baja de la sentina, que a su vez es la
parte más baja del barco, es por donde corre el agua, es como un
drenaje, una cloaca semejante a las de las calles. El hedor de la
sentina era de tal magnitud que contaminaba el agua envasada en
barriles. En esas condiciones el agua potable solo duraba unos 25
días. De ahí hasta el final de la travesía la tripulación tenía que
beber cerveza y ron. El vino pertenecía a los oficiales. A los
marinos rasos solo les quedaba la opción de recoger el agua de
lluvia para calmar la sed.
“Los animales vivos no eran para el consumo de la marinería que iba
a bordo de un navío de este tipo, sino que estaban destinados a la
mesa siempre suculenta de los oficiales. La tripulación comía carne
salada de cerdo y res, y también pescado salado. Para comer, los
tripulantes se organizaban en ranchos. Los ranchos estaban
conformados por un pequeño grupo de marineros, quienes podían
agruparse por diversas razones, entre ellas el proceder de la misma
tierra o población. Nunca estos ranchos pasaban la cifra de diez
hombres, y el vínculo que se establecía entre ellos era como el de
una hermandad. Cada rancho llevaba el nombre de su leader.
Probablemente en todos los navíos existía un menú diferente para
cada día. Los lunes, por ejemplo, podía tocar comer cerdo salado. A
cada rancho correspondía un trozo de carne al que se le colocaba una
chapa con el nombre del jefe del mismo. El jefe iba con el trozo de
carne de su rancho a la cocina, donde lo entregaba a los cocineros
para que fuera cocido —con chapilla y todo— en las enormes calderas
—de cobre—, y una vez listo para comer era devuelto al jefe, que lo
“cortaba en porciones y lo servía a sus hombres, siempre de
espaldas, en escudillas de madera. El motivo por el que se volvía de
espaldas a su gente era para que todos estuvieran seguros de que no
servía mayor porción a alguno por preferencias ni privilegios,
puesto que no podía verlos en el momento en que les entregaba su
ración. Mientras el barco se encontraba en puerto la tripulación
podía comer pan, pues se abastecía en tierra, pero al hacerse a la
mar lo que llevaban como provisión era una especie de bizcocho, unas
galletas grandes hechas con una mezcla de agua y harina, sin
levadura, que duraba años en un saco, y para consumirla había que
tener los dientes duros. Los marinos acostumbraban remojarla en
cerveza o vino para ablandarla y poder comerla. Consumían cuatro
litros y medio de cerveza por persona a diario; guisantes secos,
tasajo de cerdo, harina de avena, manteca en el caso de la
mantequilla, que casi siempre llegaba a bordo, aún en tierra, ya
rancia y luego era muy difícil de digerir. Levaban queso, tan duro
que los marinos confeccionaban botones para sus camisas con él;
tasajo de buey, vino, zumo de frutas embotellado a partir de
comienzos del siglo XIX.
A pesar de esta mala calidad de la alimentación a bordo y de que
según algunas investigaciones, solo se comía una vez al día, muchos
hombres se enrolaban en las tripulaciones para garantizar el
alimento, pues al parecer había mucha hambre en Europa en aquellos
tiempos. Las cocinas eran de ladrillos y también había un horno de
pan. El Santísima Trinidad tenía ambas piezas. El queso
probablemente era de cabra, grande, redondo, y no de muy alta
calidad; no resistía las largas travesías y se pudría, hedía dentro
de las bodegas y se ponía tan duro que los marinos tallaban con él
los botones para sus camisas. El menú de un día podía ser carne
salada, avena y queso. El personal destinado a las cocinas solía ser
el pobre marino mutilado en escaramuzas y batallas, que quedaba
cojo, manco, y los grumetes muy jóvenes, los pinches. Incluso había
un lugar en el barco donde se preparaban los alimentos. El jefe del
rancho iba a la zona donde se encontraba el almacén de alimentos,
donde había un carnicero que se encargaba de cortar la carne, y otra
persona, o dos, que sacaban de barriles y cubos grandes lo que iba a
consumir cada rancho y lo pesaba en una pesa, lo vertían en cubos y
el jefe del rancho se lo llevaba. Las leyes de a bordo eran
sumamente severas, tal como se necesitaba para mantener el orden en
un conglomerado de hombres semisalvajes sin instrucción, violentos,
a veces desesperados, y estaban previstas sanciones severísimas para
quien robara comida: “hacer una camisa a cuadros” era la más
utilizada, y consistía en atar al culpable a un poste y propinarle
latigazos cruzados en forma de una cuadrícula sobre la piel. Otro
castigo muy duro era colocar al ladrón encadenado en un cepo, donde
podía permanecer tres días sin comer ni beber, y a veces expuesto al
sol. O se le ataba a un mástil.
“La tripulación de un navío de la época como el Santísima Trinidad
era muy escasa. El marqués de la Ensenada, que fue quien envió a
Jorge Juan Santacilia a Inglaterra para que copiara todo el sistema
de construcción de barcos de la marina inglesa, llegó a plantear a
Godoy, encargado de la armada, que los españoles podrían llegar a
tener los mejores barcos, pero jamás tendrían la tripulación ideal
para poder poblarlos. En aquellos días España tenía una muy baja
densidad de población y se necesitaban 9 mil hombres para poblar los
barcos, por lo que las patrullas de leva reclutaban lo mismo
agricultores que pícaros, presos, etc. Esa es la razón por la cual
la armada española no tenía la misma efectividad que la francesa o
la inglesa, porque su marinería no era experta…”
Cuando Zuloaga termina de contar, el que escucha siente como que
sale de un sueño. Pero queda en la memoria la imagen de aquel coloso
de la navegación de todos los tiempos, surcando el océano con su
airoso velamen, y sus alegres marineros, que viajan sin sospechar el
destino que pondrá fin a su travesía.
Si dentro de unos meses, un año quizás, usted visita el castillo
habanero de La Real Fuerza, podrá sentirse uno más entre las
minúsculas figurillas que integran la tripulación del Santísima,
quizás el timonel, con su diminuto parche sobre el ojo, o el
cocinero que degüella una gallina, o los expertos de elegantes
casacas que discuten en el camarote principal la trayectoria del
buque ante un gran mapa desplegado sobre la mesa del Capitán… |