El
Capitolio: Símbolo de identidad y punto de atracción
Gina Picart
Punto de atracción de cubanos y extranjeros, grandioso palacio
destinado originalmente al Poder Legislativo como sede del Senado y
la Cámara de Representantes, el Capitolio Nacional es todo un
símbolo de identidad para los habitantes de Cuba, en particular los
habaneros, quienes no ocultan el orgullo que les produce tener en su
territorio tan majestuoso y mencionado inmueble, rodeado por las
calles Prado, Dragones, Industria y San José.
El Capitolio, que a partir de 1959 fue sede de la Academia de
Ciencias de Cuba y hoy lo es del Ministerio de Ciencia, Tecnología y
Medio Ambiente —aunque mantiene abierto al público sus espacios
principales, para disfrute de nacionales y turistas de todos los
rincones del planeta— es sin duda uno de los sitios más
fotografiados de Cuba, pues resulta casi inconcebible, tanto para el
cubano que llega a La Habana de otra de las provincias del país,
como para el visitante foráneo, no guardar para el recuerdo una
imagen suya teniendo como telón de fondo, sobre todo, la fachada
impresionante de ese Capitolio tan parecido al de su pariente
cercano de Washington.
El terreno donde se levanta el otrora llamado Palacio de las Leyes,
con su impresionante escalinata coronada a ambos lados con dos
monumentales grupos escultóricos, fue propiedad de la Sociedad
Económica de Amigos del País hasta que en 1835 el poder colonial
español de Cuba se las ingenió para hacer pasar a su dominio aquella
tierra en la cual ya se había establecido un jardín botánico que
sucumbió cuando en aquel mismo año se comenzó a levantar allí la
estación de trenes de Villanueva. Décadas más tarde, en 1910, en un
turbio manejo, el gobierno de José Miguel Gómez (1909-1913) cambió
con la empresa de los Ferrocarriles Unidos el terreno de Villanueva
por los del viejo Arsenal, para construir en este lugar otra
estación de trenes y posibilitar que se erigiera el Palacio
Presidencial donde hoy se encuentra el Capitolio.
Esa idea no se materializó y aunque se comenzó a construir en ese
terreno la mansión ejecutiva, hubo sucesivos cambios de planes, de
acuerdo con el criterio y capricho del Presidente de turno, hasta
que en 1921 el mandatario Alfredo Zayas logró parar la obra.
Gerardo Machado, quien inició su primer período de gobierno en 1925,
impulsó un vasto plan de obras públicas que sirvió para dar empleo a
miles de cubanos y para que se enriquecieran unos pocos con las
tajadas obtenidas ilegalmente de los presupuestos asignados a tales
empresas.
Fue así que en 1926 se reanudaron las obras del Capitolio, que el
régimen machadista había hallado a medio hacer y con aspecto
ruinoso. Notables arquitectos cubanos y algunos extranjeros
rehicieron una y otra vez los planos para concluir el edificio en su
gigantesca área de 12 000 metros cuadrados y a un costo de 17
millones de pesos, toda una fortuna en aquellos tiempos.
La magnificencia de la obra, inaugurada el 20 de mayo de 1929, se
hace evidente cuando se sabe que la cúpula del Capitolio es, por su
diámetro y altura, la sexta del mundo, y que el edificio posee en su
interior una escultura llamada la Estatua de la República, que se
levanta imponente en el Salón de los Pasos Perdidos y es la tercera
bajo techo más grande del mundo, con 17,54 metros desde los pies
hasta la punta de la lanza. Esta estatua, obra del escultor italiano
Angelo Zanelli, quien se inspiró en la diosa griega Palas Atenea y
tuvo como modelo a la cubana Lily Valty, se halla a once metros del
brillante que marca el kilómetro cero de la Carretera Central,
sustraído años después y misteriosamente devuelto, en un episodio
que hizo historia y que narraremos en un próximo trabajo. |