El brillante del Capitolio
Como en Las mil y una
noches
Gina Picart
Sucedió cuando al Capitolio Nacional de La Habana estaba cercano al
decimoséptimo aniversario de su inauguración, ocurrida el 20 de mayo
de 1929, el mismo día en que inició su segundo e inconcluso mandato
el presidente Gerardo Machado.
Los acontecimientos dejaron perplejos a todos los cubanos y la
prensa no dejó de hablar de ello por mucho tiempo.
En la majestuosa sede del Senado y la Cámara de Representantes, el
edificio del paseo del Prado con su monumental escalera frontal, su
gran cúpula y la enorme estatua en su interior, se produjo un robo
que dejó atónitos a todos.
El brillante que en el Salón de los Pasos Perdidos marca el
kilómetro cero de la Carretera Central, la joya, que se afirma
perteneció a una de las coronas del último zar de Rusia, había sido
robada de forma increíble, como una simple fruta puede ser sustraída
del árbol del vecino.
El presidente de turno, Ramón Grau San Martín, había defraudado la
confianza de la población al ignorar sus promesas de honestidad
administrativa y dar riendas sueltas a la corrupción, el
pandillerismo y la politiquería.
En aquel ambiente pletórico de escandalosas actividades delictivas
se inscribió el ocurrido el 26 de marzo de 1946, hecho que ha pasado
a la historia cubana como el “robo del brillante del Capitolio”.
La gema de más de 20 kilates había sido adquirida en 13 000 pesos,
tras una colecta pública, a una casa de empeño de La Habana, y su
diámetro era similar al de una moneda antigua de diez centavos. Un
joyero la había comprado en París en la década del 20 del siglo
pasado y luego la empeñó en la capital cubana a otro comerciante de
ese giro.
El mencionado 26 de marzo un policía del Capitolio, durante su
recorrido reglamentario por el Salón de los Pasos Perdidos,
descubrió asombrado que el cristal protector de la joya había sido
quebrado y la piedra desaparecido. El cristal, de pulgada y media de
espesor y considerado hasta ese momento irrompible, fue destrozado
en su armazón protectora de acero. El ladrón demostró que el
brillante no permanecía tan seguro como se consideraba que estaba en
aquel lugar.
No hubo huellas digitales y solo se halló un forro de sombrero con
manchas de sangre, varios fósforos apagados y escrito con lápiz en
el suelo un letrero que decía: “2:45 a 3:15-24 kilates”.
El escándalo fue de proporciones nacionales y la Policía se
reconoció impotente. Los vigilantes nocturnos que trabajaron en
aquella jornada fueron detenidos y liberados más tarde. Todo
transcurrió como un robo perfecto. Solo la gigantesca Estatua de la
República, a cuyos pies se produjo el hurto, había sido testigo
mundo del acto delictivo.
Pero el brillante, que durante años ocupó con frecuencia la atención
de cubanos y extranjeros —que acudían al Capitolio a admirar su
magnificencia—, y al cual algunas agencias turísticas de los Estados
Unidos le atribuían supuestas propiedades curativas para llamar la
atención de los incautos viajeros, apareció un buen día, meses
después del robo, también de forma misteriosa e inexplicable.
A catorce meses de la sustracción, en el despacho presidencial de
Grau se produjo una escena realmente extraordinaria. El mandatario,
con su estilo socarrón de siempre, les anunció a los presentes que
la joya robada en el Capitolio había aparecido “misteriosamente” en
su mesa de trabajo. Grau, interrogado por los allí congregados,
insistió que todo había transcurrido de forma anónima y concluyó el
espectáculo son una sonrisita enigmática.
La prensa se escandalizó y abundaron las interpretaciones de lo
sucedido. Muchos dieron por seguro que el ministro de Educación,
José Manuel Alemán, había recuperado el brillante pagando 5 000
pesos por él para ponerlo de inmediato en manos de su protector y
amigo: Ramón Grau San Martín. Ambos, se hizo notar entonces, se
habían reunido en el despacho del Presidente poco antes del anuncio
hecho por el mandatario. |