El
rey de los campos de Cuba
Gina Picart
Manuel García Ponce, más conocido como el Rey de los campos de Cuba,
nació primero de febrero de 1851 y tuvo una existencia dramática y
casi legendaria. Algunos lo califican como bandolero y otros como un
hombre que murió como patriota e independentista, gracias a una
evolución ideológica que duró largos años de su vida y la hizo
cambiar completamente.
Manuel García vino al mundo en Alacranes, provincia de Matanzas,
pero su familia se trasladó a Quivicán en los años 70. Él se
identificaba a sí mismo como Rey de los campos y cacique de toda la
isla de Cuba. Se atribuyó carácter de separatista, mantuvo
correspondencia con los revolucionarios de Cuba y de Cayo Hueso, y
se dice que el dinero que obtenía de los secuestros que realizaba lo
asignaba a la compra de armas y municiones para la revolución y a
ayudar a los campesinos.
En una investigación histórica realizada a lo largo de varios años
por los periodistas Jorge Petinaud y Raúl Rodríguez, se afirma que
los servicios de inteligencia y contrainteligencia españoles fueron
los primeros en endilgar a Manuel García el calificativo de
bandolero, bandido y malhechor, y que luego, repitiendo
superficialmente cada calumnia, escritores y periodistas de
distintas generaciones contribuyeron a dar una imagen deformada de
este personaje tan pintoresco de la historia de Cuba.
En 1876 Manuel García sirvió de guía en San Felipe a una expedición
enviada desde Cayo Hueso por Francisco Vicente Aguilera, aunque
según afirman los investigadores anteriormente citados, no se puede
asegurar que haya actuado entonces movido por profundas concepciones
políticas e ideológicas, como se sabe que sí lo hizo a partir del
año siguiente.
A finales de esa década fue a prisión tras un altercado con un
acalde que le faltó el respeto a su esposa. Tiempo después
sorprendió a su padrastro golpeando a su madre, y le asestó al
agresor un machetazo que lo dejó tendido, pero no muerto como se ha
asegurado en otras versiones.
Para no volver a la cárcel huyó al monte, donde se vio involucrado
en hechos delictivos al vincularse a un tal Cristóbal Días, quien se
dedicaba a actividades ilícitas.
En 1885 viajó a Estados Unidos, donde trabajó en Cayo Hueso en una
tabaquería. Allí entró en contacto con veteranos independentistas.
En 1887 llegó en balandro Delphine a Puerto Escondido, al nordeste
de La Habana, integrando un destacamento formado por cuatro
personas, a cuyo frente Manuel quedó al morir en combate contra los
españoles el capitán del Ejército Libertador que iba al frente del
grupo.
Manuel García no solo viajó a Cuba en una expedición posterior a la
Guerra Chiquita, sino que entre 1887 y 1895 mantuvo en pie el
espíritu independentista y no dio tregua a un contingente de
soldados españoles que lo perseguían por las provincias occidentales
y en Las Villas, y cumplió la misión de mantener en jaque a las
tropas coloniales, destruir propiedades enemigas y recaudar fondos
para la lucha. José Martí en una ocasión rechazó ocho mil pesos que
le envió García, y que eran producto de un rescate cobrado por causa
de un secuestro. Manuel García pidió a Martí que aceptara su
donativo para la causa, pero el Apóstol aclaró a Juan Gualberto
Gómez, quien actuaba como intermediario en dicha transacción, que se
dijera al remitente que no tomara la negativa como un desaire, pero
que la Revolución no se solidarizaba con su vida anterior, y agregó
que si la guerra revolucionaria estallaba, ya tendría el señor
García oportunidad de mostrar sus condiciones de patriota. Martí
actuó de esta manera porque siempre veló con celo sumo por la pureza
de la Revolución, pero también porque deseaba acicatear a Manuel
García —cuyos valores reconocía con su habitual ojo sabio— a cambiar
su forma de vivir y convertirse en un hombre de pro, ya que en
aquellos momentos precisamente García era objeto de una campaña
sistemática en su contra a través de los medios de difusión del
gobierno español colonial.
En realidad, a Manuel García se le consideraba entre los emigrados
cubanos de los Estados Unidos como un rebelde contra la autoridad de
España.
De él escribió José Manuel Carbonell en el Diario de La Marina:
Conocía el monte como su propia casa, y entre los sencillos
habitantes del campo tenía amigos, confidentes y encubridores que lo
orientaban y mantenían enterado de los movimientos de sus
perseguidores. Fue admirado y querido por cuantos de cerca le
trataron. Bajo la capa del malhechor, lanzado en la vorágine del mal
por circunstancias imprevistas, palpitaba el corazón de un patriota
que soñaba con la redención de su tierra. Porque Manuel García —hay
que decirlo por la verdad de la Historia— fue un bandolero patriota
que cometió desafueros por las necesidades mismas de du oficio, pero
que repartía el bien a manos llenas con el producto de sus ilícitas
aventuras, y pensaba en la patria, a la que quiso ayudar y ayudó con
su dinero y con su persona, y a la que ofrendó su vida (…).
Manuel García murió el 24 de febrero de 1895, en el pueblo de Ceiba
Mocha, Matanzas, al parecer asesinado, cuando con grados de
comandante del Ejército Libertador acudía al frente de sus hombres a
unirse a los patriotas matanceros alzados ese día. |