El
Libro de los Ingenios
Gina Picart
La Biblioteca Nacional José Martí atesora entre sus fondos
bibliográficos verdaderas joyas como La Tarifa de Precios de
Medicinas, impresa en 1723 y considerada el folleto cubano más
antiguo; la Descripción de diferentes piezas de historia natural, o
Libro de los peces, como se le conoce vulgarmente, que data de 1787,
primer libro cubano ilustrado y otras piezas de enorme valor. Pero
serían un joven advenedizo dominicano, de profesión médico, y un
artista francés que vino a la Gran Antilla huyendo de las secuelas
de La Bastilla, quienes unirían esfuerzos para dar a la isla su
libro más valioso: en 1857 el doctor Justo Germán Cantero y el
grabador Eduardo Laplante dieron a la imprenta el más famoso y
codiciado de los libros impresos en Cuba: El libro de los ingenios.
Las planchas litográficas de Laplante constituyen hoy día verdaderas
piezas de coleccionista que se venden y compran a precios de oro. Se
dice que no existen más que unos cinco o seis juegos de ellas en
todo el planeta, y ya Tomas Ely, investigador norteamericano que
trabajó largamente en la isla buscando información para su libro
Cuando reinaba Su Majestad el Azúcar, tuvo la suerte de poder ver y
tocar uno de ellos allá por los años cincuenta, cuando accedió a
mostrárselo su propietario, un multimillonario cubano cuyo nombre
Ely no menciona, pero de quien cuenta que guardaba aquel tesoro en
una caja fuerte de acero.
Muchos son los artistas plásticos y especialistas de todas las
épocas que se han manifestado con gran entusiasmo estético sobre la
calidad de estos grabados, considerados entre los más antiguos y de
mejor calidad de los realizados en el país, pero lo cierto es que,
por mucho que tal calidad deba al talento personal de Laplante, este
no encontró a su llegada a nuestra tierra un vacío donde plantar su
arte como bandera de fundador, sino que halló una tradición de
grabado ya rica y desarrollada, en la que él se limitó a insertarse
y, pensamos, fue influido por ella, lo mismo que por el entorno y
las características del paisaje cubano.
Las primeras tallas xilográficas conocidas en nuestro país datan del
siglo XVIII; se trata de la calcografía, y la técnica más utilizada
dentro de este género fue la talla dulce con uso del buril. El
primer impresor conocido en La Habana fue Carlos Havré, de origen
flamenco, cuyo taller funcionó hasta 1727, aunque principalmente
este pionero se dedicó a la impresión.
Pero no será hasta el siguiente siglo cuando el grabado cubano
encuentre en la floreciente industria tabaquera su mejor vehículo de
expresión. Los mejores artistas grabadores nacionales y extranjeros
trabajan en el diseño de vitelas que son auténticas obras de arte.
En 1807 comienza con Hipólito Garneray la llegada de una auténtica
ola de artistas exiliados que huyendo de Napoleón recalaban en
nuestras playas y se quedaban, seducidos por la belleza del paisaje
y la intensidad de la luz. Garneray da inicio al movimiento más
importante del grabado cubano.
Se dice que en estas primeras oleadas de recién llegados no venían
artistas de primera fila, pero es incuestionable que sí lo hicieron
muy buenos dibujantes y litógrafos, técnica muy moderna por
entonces. Lo cierto es que una vez en tierra cubana la inspiración
los fue ganando y comenzaron a crear sus obras basándose en los muy
variados tipos humanos que veían a su alrededor, así como en la
vegetación y arquitectura de la isla. Sus grabados constituyen una
extensa muestra documental de la época, lo cual, además de sus
bellezas plásticas, los hace de gran valor histórico. Ejemplo de
ello fueron las vistas de La Habana realizadas por Federico Mihale,
litografiadas por Luis Marquier, y que pueden hallarse en el
conocido Álbum de la Isla de Cuba. Los trabajos de Mihale se
caracterizan por su temática preferentemente costumbrista, su
profundo dominio del dibujo académico y del claroscuro.
Otro terreno donde el grabado dejó hermosísimas creaciones fue el
militar, ya que siendo Cuba plaza de especial interés para la Corona
española no sólo por sí misma, sino por su condición de antemural de
Las Indias Occidentales, fue casi desde los comienzos de su
colonización tierra fortificada. Y entre todos los grabados de
castillos y plazas realizados se distinguen las vistas de la Plaza
del Mercado y la iglesia de San Francisco de Asís, dibujadas por el
ingeniero militar Elías Durnfort y editadas en Londres por Edward
Rooker, verdaderas joyas de nuestro patrimonio plástico nacional.
El grabado a color llega Cuba en la segunda mitad del siglo XIX, y
El libro de los ingenios es la mejor muestra que ha sobrevivido de
los grabados coloreados de la primera época de esta técnica.
La existencia de este libro se debe en buena parte a un crimen, por
lo que podría decirse que a las bellas tintas que sus litografías
que arrancaron encendidas palabras de elogio José Martí, habría que
agregar el bermellón de la sangre.
Se cuenta que Justo Germán Cantero era un médico joven que llegó a
Cuba procedente de Santo Domingo, de donde venía huyendo de alguna
culpa de la que no ha quedado clara memoria. Una vez radicado en
Trinidad comenzó a ejercer su ciencia. Gracias al carisma de su
personalidad no tardó en formar parte del círculo de íntimos de don
Pedro Iznaga, quien junto con Borrell, conde de Guáimaro, y el
inglés William Baker, formaba el trío de las mayores fortunas de la
florecientísima villa de Trinidad.
La familia Iznaga tenía fama antigua de excéntrica y rara. Abundaban
en ella los especimenes con su leyenda personal, como el caso de
aquel Iznaga obeso de quien se cuenta gustaba hacerse servir el
almuerzo en la azotea de su casa, a donde subía enteramente desnudo
para disfrutar de las brisas refrescantes en compañía de sus
esclavas, también en cueros vivos, las cuales le servían los
manjares y bailaban y cantaban para su solaz y esparcimiento; o el
propio don Pedro, famoso en toda la isla por haber excavado un pozo
muy profundo para competir por el amor de una muchacha con su
hermano Alejo, quien, con tal fin construyó la famosa torre Iznaga
que domina el Valle de los Ingenios.
El anciano don Pedro, enfermo e inválido, se dejó ganar por la
simpatía que le demostraba el joven doctor dominicano, y le abrió
las puertas de su casa y su confianza. La esposa de don Pedro, mucho
más joven que su marido, aunque mayor que Cantero, se enamoró de
este locamente y se entregó a él. La pareja culpable concibió el
plan de eliminar al molesto esposo para vivir plenamente su amor y
disfrutar en igual condición la inmensa fortuna, en la que, entre
otras propiedades, iban incluidos más de diez ingenios azucareros.
Cuenta la leyenda que durante uno de sus acostumbrados ataques, don
Pedro bebió una pócima que le administró Cantero y pasó al otro
mundo sin sospechar que era víctima de un asesinato en toda la
regla. El médico y la viuda dejaron pasar unos meses y contrajeron
matrimonio en medio de una villa que hervía de rumores y cóleras
soterradas, pero en la que nadie se atrevió a levantar un dedo
acusatorio contra los criminales. Por si fuera poco, en Madrid
Cantero fue nombrado Gentilhombre de Cámara de Su Majestad el Rey de
España.
Con semejante espaldarazo dado por la Corona misma, Cantero se hayó
en posesión de una riqueza que aún hoy día no se ha podido calcular
en toda su extensión. Como era hombre amable e ilustrado y de
carácter alegre y amistoso, no tardó en rodearse de toda la sociedad
trinitaria. Comenzó a redactar sus descripciones minuciosas de todos
los ingenios de la isla aún antes de haber entrado en tratos con
Laplante. Cuando ambos hombres se encontraron, ocurrió uno de esos
sucesos humanos e históricos que parecen no tener otro objetivo que
el de dar un don a la Humanidad. Cantero financió el recorrido de
Laplante desde el Mariel a Trinidad, para que el artista pudiera
copiar del natural el material paisajístico necesario al común
propósito. Esto fue y continúa siendo El libro de los ingenios.
Desafortunadamente en nuestro país resulta muy difícil consultar
este maravilloso texto, debido a que sólo existen dos ejemplares
para uso de los especialistas y, desde luego, están protegidos por
regulaciones destinadas a salvaguardar su integridad física y su
conservación. Sin embargo, el doctor Leví Marrero publicó antes de
su muerte una antología que incluye la casi totalidad de las
bellísimas láminas dibujadas litografiadas por Laplante, y un
resumen hecho por él de los textos descriptivos de Cantero. Esta
edición es, en realidad, una separata del volumen X de Cuba:
economía y sociedad, de la autoría del propio investigador.
Vale decir que en esta historia, a mal principio hubo buen fin, pues
sin la ambición de un joven inmigrante y la alevosa muerte de un
riquísimo hacendado cubano no existiría hoy la mayor joya
bibliográfica de Cuba. |