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José Martí: Clarividencia y muerte

Gina Picart

La figura de José Martí, el Apóstol de la Independencia de Cuba y fundador del Partido Revolucionario Cubano, ha alcanzado estatura mítica en los cien años posteriores a su muerte.
Innumerables son los estudios que existen sobre cada faceta de su vida, cada una de sus obras, políticas, literarias, íntimas. Todo ha sido minuciosamente revisado, analizado. Solo su muerte continúa siendo un atrayente enigma sin descifrar. Creo que, precisamente por ser la parte de su vida que reviste un carácter abiertamente místico, ha sido la menos estudiada en Cuba.

José Martí: Clarividencia y muerte, breve ensayo del periodista y escritor Julio Ramón Pita (Ciudad de La Habana 1962) ahonda en las misteriosas circunstancias que rodearon la muerte de Martí, y que no fueron, simplemente, una “heroica caída en combate”. Y tampoco, como algunos estudiosos y analistas espontáneos han aventurado, una concesión postrera del Apóstol a ciertos cánones socioculturales propios del complejo cultural cubano-caribeño: un intento por equiparar su hombradía con el carácter eminentemente guerrero de los dos jefes supremos de la guerra dentro de la isla: Maceo y Máximo Gómez.

Julio Ramón Pita, partiendo de una revisión bibliográfica exhaustiva, menciona datos muy relevantes, como la nota que envió a Máximo Gómez el jefe de la tropa española que conducía el cadáver de Martí, y que dice, textualmente: “Nuestro H.: Martí herido; lo cuidaré y se lo devolveré”. Impensable esta nota en el contexto de una guerra, y solo comprensible si se sabe que tanto Gómez como el general español que la escribió y el propio Martí, eran masones y rosacruces.

Frater, palabra latina que significa hermano, es el nombre con que se llaman entre sí los miembros de la fraternidad Rosacruz, y también los masones se llaman hermano. La anciana campesina con la cual el general español dejó la nota destinada a Gómez, aseguró al dominicano que el español se veía muy amedrentado. Y este es también un detalle muy interesante dentro de un contexto místico.

Hace años tuve el honor y la extraordinaria oportunidad de asistir a una conferencia ofrecida por el doctor Eusebio Leal, Historiador de la Ciudad de La Habana, cuyo tema era el simbolismo masónico el triángulo detectable en la muerte de José Martí, donde Leal señalaba la disposición triangulada de los accidentes geográficos de la zona de Dos Ríos, donde murió el Maestro.

Existe un ensayo debido al escritor, poeta y ensayista cubano don José Lezama Lima, donde este, al analizar la muerte del Maestro, dice: “Él fue para nosotros el único que pudo entrar en la casa del alibi”. Gracias a la ayuda ofrecida por Cintio Vitier en la interpretación de ciertos términos lezamianos hallados entre su papelería después de su muerte, hoy se sabe que alibi es una misteriosa palabra proveniente de la mística judeo-árabe, utilizada por san Ignacio de Loyola en su discurso religioso-filosófico y en sus Ejercicios espirituales, la cual alude a un estado místico, o lo que es lo mismo, un estado alterado de conciencia donde la imaginación crea con su fuerza un hecho determinado, y lo multiplica en “una sucesión de enigmas”. Lezama estaba convencido, como Leal, como Pita y otros investigadores, de que la muerte de Martí fue concebida, planeada y ejecutada por el Apóstol como un sacrificio, como una inmolación en pro de la Independencia de Cuba.

Estos investigadores han analizado la correspondencia martiana de los trece últimos días anteriores a su muerte y han encontrado en ella numerosas citas que apoyan esta presunción.
Existe también otra interpretación de carácter más cotidiano, que recuerda siempre el dilema sin salida que reinaba en las relaciones personales entre Martí, Maceo y Gómez, y la seria amenaza que Martí representaba, sin proponérselo, para cualquier jefe cubano que tuviera pretensiones de acceder a la Presidencia de Cuba una vez terminada la guerra. Resulta realmente significativo que las tropas cubanas, los soldados de filas sencillos y sin instrucción, habían dado en llamar a Martí El Presidente, de una manera espontánea, porque eran sensibles a la enorme autoridad moral que rodeaba al Maestro, aunque nunca hubiera empuñado un machete ni un rifle ni salido a combatir.

Si Martí comprendía que una vez terminada la guerra y ganada la República para los cubanos, él tendría que enfrentarse a contiendas por el poder, lo cual, dada su personalidad, probablemente le pareciera repulsivo; si Martí comprendió que ganar un espacio en la Cuba del Día Después le colocaría en situaciones que, como hombre de decoro, no podía ver con buenos ojos, y decidió dar su sangre como un sacrificio propiciatorio para los destinos de la libertad en esta isla, es algo que solo Martí supo con certeza. Los estudiosos de su vida y su muerte solo pueden acercarse a la verdad de un modo especulativo, pues como escribió con mucho acierto un filósofo moderno: “De ninguna manera el instante mortal es objeto de conocimiento ni materia de especulación o de razonamiento; de ninguna manera la simultaneidad fulgurante, que es contemporaneidad reducida a las dimensiones del instante, y finalmente anulada, puede ser vivida como una experiencia psicológica consciente, puesto que toda conciencia es bien anticipadora o bien retardatoria (…). La especie de pudor que nos inspira la muerte se debe en gran parte a ese carácter inimaginable e inenarrable del instante mortal».

Pero no por eso habría que cesar en la exégesis de una de las más misteriosas muertes ocurridas en la historia de Cuba, y en este sentido el libro de Pita constituye un esfuerzo hermoso y digno de reconocimiento.

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