La
Habana, ciudad fantasma, urbe del alma…
Gina Picart
Pero en esta oportunidad hablo de fantasmas no pensando en su penoso
deterioro ni en su pasado de glorias marchitas, sino en la fuerza de
su presencia. Pude comprobarlo cuando por primera vez viajé en mi
vida, a los cincuenta años. Fui a Madrid y estuve alojada en un
hermoso hotel con vista al Paseo del Prado, rodeado de plazas y
parquecitos. Todo era maravilloso, pero cada cosa me recordaba con
insistencia mi ciudad. Todavía no sé si habrá algún parecido,
siquiera sea en atmósferas, entre la plaza que está ante los museos
Reina Sofía y Tissen y algún parque de la capital cubana en sus
zonas de Centro Habana y La Habana Vieja; o si lo hay entre los
salones lujosísimos del palacio de Fernán Gómez y los palacios
coloniales de la Plaza de Armas habanera. Probablemente nunca lo
sabré.
Cuado estuve en el Distrito Federal de México, en la colonia
Condesa, una de las más hermosas de esa ciudad y tan diferente de La
Habana que ni los delirios del alcohol podrían confundirlas, siempre
había algún rinconcito, o de repente un recodo, un edificio, una
ventanita casi invisible desde la calle, que despertaba en mi memora
el espectro de La Habana y me hacía sentir el artero punzón de la
nostalgia. Y yo miraba, contemplaba, disfrutaba las increíbles casas
mexicanas, tan, pero tan hermosas, los centenares de especies
florales, la inmensa variedad de árboles, y pensaba, soto voce, en
las pobres florecitas de mi Habana, los árboles endebles, las
ventanas rotas. Una trampa de la memoria, sin duda, pero yo
naufragaba constantemente en la añoranza.
Recientemente, en un brevísimo viaje a Santa Clara, ya pude acechar
con entera conciencia lo que sucedía en mi espíritu: desde que
entramos en el centro de la ciudad, yo, desde el automóvil, asomada
a la ventanilla abierta, iba buscando cada detalle, cada parecido de
las casas, las calles, las rejas, con La Habana, y le decía a mi
hija: “Pero mira, si esta calle es igualita a una que hay en
Guanabacoa; este parque se parece al de los Escolapios, este otro al
de Cuatro Caminos…”.
Una tarde, cuando yo aún era una habanera que no había salido jamás
de la isla, estuve con mi actual esposo, entonces solo amigo,
contemplando la ciudad desde los patios de San Carlos de La Cabaña.
La ladera de la meseta donde se encuentra la fortaleza descendía
suavemente hacia el agua azul acero de la bahía, cubierta de una
pelusa de hierba calcinada, que al ser besada por el último sol del
atardecer brillaba con tintes de bronce. Fue como si un grabador
hubiera cincelado un grabado a color en la plancha de mis recuerdos.
Esa imagen se quedó para siempre impresa en mí, como un tatuaje que
no puede arrancarse, como un paisaje de venas y arterias, como una
marca imborrable de identidad y vida.
Es
que yo mamé la leche de La Habana desde mi más tierna edad, cuando
mi abuelo don José Manuel, antiguo caballero del linaje espiritual
de Alonso Quijano, me llevaba cada mañana a dar largos recorridos,
paseos alucinados por las ruinas coloniales y el mar. Yo vi los
palacios, ahora tan hermosos en el amago de su belleza original,
cuando no eran más que cascarones vacíos y destartalados que se
venían abajo a pedazos, poblados por espectros del pasado que se
negaban a morir junto con los escombros que algunos camiones venían
a llevarse sin la menor consideración para una rota cabeza de mármol
estatuaria, un balaustre desprendido, un resto de porcelana… Mi
abuelo me hacía observarlo todo mientras me contaba, con sus
extraordinarias habilidades de narrador, cómo había sido La Habana
en sus tiempos de esplendor, y yo le escuchaba fascinada, tratando
de imaginar con mi mente infantil, con mis escasos recursos de
información, los paseos en calesa de las bellas criollas a la orilla
del mar, las excursiones al Almendares, los bailes en el Palacio de
los Capitanes Generales, las fiestas en el de los Condes de Jaruco,
los duelos, las misas en la Catedral, a Cecilia y Nemesia
chancleteando en las calles, los mercados repletos de negras
bolleras, de caballeros de chistera, de damas con sombrillas de
encaje, soldados, sacerdotes, comerciantes…
El hombre nunca sabe de cierto cuál será su destino final, ni en qué
lugar del planeta terminará sus días. Si a mí me tocara lejos de La
Habana, estoy completa, absoluta y dolorosamente convencida de que
en mis últimos pensamientos, inmediatamente después de los que
dedicaría a mis seres más queridos y a mis muertos amados, se
alzarían las imágenes de mi Habana como telón de fondo: el Morro, La
Cabaña, la Alameda de Paula, palacios, conventos, plazas, parques,
ciertas calles de la Ciudad Vieja y el Vedado que amo
entrañablemente, el Malecón, la bahía con su olor a petróleo y
podredumbre…
¡La Habana, puerto de mar, ciudad amada…! |