A propósito de "Los Dioses rotos..."
No todo lo que briYARINI, es oro...
Por: Gina Picart Baluja
Una estrella radiante, una vida convulsa y breve, una leyenda, una
canción, una obra de teatro, un ballet, un filme muy polémico… A
pesar de tantos dioses rotos durante cinco décadas, el mito Yarini
está muy lejos de morir y cada día parece cobrar nueva vitalidad en
el imaginario de La Habana, ciudad portuaria que a pesar de los
cambios sociales ocurridos en el país a partir de la histórica fecha
de 1959 no puede, ni podrá jamás, sustraerse a su condición de
puerto de mar ni a la naturaleza cosmopolita, promiscua,
efervescente y sórdida que tal destino impone.
Pocos días antes de que me fuera encomendada la escritura de este
trabajo conocí a un habanero bellísimo, con menos de treinta años,
amante de la cultura y posiblemente con el mundo a sus pies… que
acostumbra limpiar de polvo y hojarasca la tumba de Alberto Yarini y
Ponce de León, con la misma pasión y lealtad que si lo hubiera
conocido. Inmersa en la búsqueda de datos por Internet, topé también
con un foro donde alguien hablaba extensamente de Yarini y publicaba
fotografías poco recordadas, y en cuyo recuadro de comentarios se
leía poco menos esto: “No importa, men, tu recuerdo no muere y
siempre habremos otros como tú que mantendremos en alto…” He
olvidado el resto. He caminado por San Isidro pronunciando en alta
voz el nombre de Yarini, y he visto arder en muchos ojos la llama
inextinguible de la veneración. Aunque no logro verlo como otra cosa
que como el chulo, el proxeneta explotador de mujeres que realmente
fue, tengo que admitir que para muchísimos cubanos sigue siendo
alguna misteriosa clase de héroe popular espontáneo, de esos que no
requieren del culto repleto de banderas y consignas. Yarini reina
por derecho desde los silenciosos territorios de la muerte, lo mismo
que una soprano que desgrana con el mayor éxito la más difícil y
estridente de las áreas operáticas sentada en un taburete que le
oprime el diafragma.
RADIOGRAFÍA DE UN REY DEL CRIMEN
Nacido
bajo el signo de Acuario, un 5 de febrero de 1882, en el seno de la
acaudalada, que no realmente aristocrática, familia Yarini-Ponce de
León, e hijo de Cirilo, cirujano dentista, miembro fundador de la
Sociedad de Odontología y catedrático titular de la Escuela de
Cirugía Dental de la Universidad de La Habana, y de la muy
respetable dama Juana Emilia, tan virtuosa del piano que llegó a
tocar para Napoleón III en Las Tullerías, Alberto fue el último de
tres hermanos y el mimado de su señora madre. Cursó estudios en el
colegio habanero San Melitón y después fue enviado a proseguir su
educación en los Estados Unidos, de donde regresó a los 19 años para
convertirse de inmediato en el clásico representante de la juventud
burguesa de su época: es decir, un habitué de la Acera del Louvre,
donde él y sus amigos distinguidos, ninguno de los cuales trabajaba,
acudían cada tarde a colocar sillas en la acera para “ver pasar a la
gente”, beberse unos tragos, pavonearse luciendo trajes cortados a
la medida, hechos con las mejores telas y adornados con yugos,
leontinas, botonaduras y pasadores de corbata que valían fortunas, y
entregarse a francachelas nocturnas entre gente de baja estofa..
Alberto, además, era de gran belleza física, y aunque su estatura
distaba bastante de ser elevada (la altura no era común en los
varones cubanos blancos de la época) —pues solo medía cinco pies
seis pulgadas y su peso corporal era de unos sesenta kilogramos—,
poseía gran porte natural, incrementado por su dandysmo:
“Bien rasurado y mejor peinado; de hablar pausado, en voz baja y
bien modulada; con un refinamiento que le venía desde la cuna,
hablaba el español y el inglés con la perfección de quien no posee
gran cultura, pero ha estudiado en escuelas de ambos idiomas; era
educado, sabía escuchar a los mayores en edad y jerarquía; cruzaba
los cubiertos cuando le hablaban; era todo sonrisas y gestos
refinados con las damas cuando se encontraba en el mundo social,
político y familiar” , mientras que en San Isidro, rodeado de la hez
moral de la ciudad, “era el guapo al que había que hablarle bajito y
rendirle pleitesías y respeto” .
Según testimonio de los afamados músicos Gonzalo Roig y Sindo Garay,
y de otras muchas personas que le conocieron, Yarini tenía una
peculiaridad en su carácter que llegaba a inspirar miedo hasta a los
hombres más “duros” y marginales de San Isidro: era capaz de pasar
de la tranquilidad más asombrosa a estados desmedidos de ferocidad,
durante los cuales podía golpear brutalmente a quien hubiera
provocado su ira. En cierta ocasión, cuando almorzaba en el
restaurante El Cosmopolita con amigos y correligionarios del partido
Conservador, al cual pertenecía, y entre quienes se encontraba aquel
día un valiente general negro de la Guerra de Independencia,
advirtió que en una mesa vecina dos norteamericanos parecían
burlarse del hombre de oscura piel. Tras pedir a sus amigos que se
trasladaran a otro local, Yarini se dirigió solo hasta la mesa de
los americanos y la emprendió a puñetazos con el más hablador,
fracturándole la mandíbula y rompiéndole varios dientes a quien
luego resultó ser el mismísimo representante de la Legación
norteamericana en Cuba.
Simpático, generoso, distribuía por igual monedas y palmadas entre
los habitantes del barrio de San Isidro, el peor afamado de la
ciudad y célebre en el extranjero, donde al pasar por un café al
aire libre, de esos tan comunes en las capitales europeas, se podía
escuchar entre la concurrencia la entusiasta pregunta: “Cuando
estuviste en La Habana, ¿no fuiste a San Isidro?”. Yarini era el
amigo de pobres y ricos, de negros y blancos, el protector afable y
accesible a quien siempre se podía recurrir con la certeza de no ser
defraudado. A pesar de su elegancia y de que nunca renegó de su
clase ni abandonó su casa paterna ni el círculo social al que
pertenecía, no discriminaba ni al más humilde habitante de su
crapuloso reino. Pagaba con su propio dinero los alquileres de unas
cuantas negras viejas retiradas ya de la prostitución, quienes lo
adoraban y halagaban cocinándole con primor toda clase de dulces
tradicionales criollos, y no tenía reparo en irse a tomar un
refresco en un cuchitril de mala muerte, entre el resudor de los
portuarios y la mezcla de aromas baratos de las prostitutas. De él
se decía en San Isidro que era “hombre a todo”, esa frase de tan
rara densidad en su simple construcción, que ha sobrevivido a cuatro
siglos de uso inveterado por todas las clases sociales de la isla de
Cuba.
Este hombre extraño que se movía como un pez entre dos aguas bien
distintas, que hacía el recorrido por las accesorias de sus putas
para recaudar ganancias, que mantenía en su domicilio de Paula 96
entre tres y siete hembras que trabajaban para mantenerlo con el
sudor de sus muslos, que brabuconeaba hacia los cuatro puntos
cardinales y se liaba a puños y balazos con lo peor de las
alcantarillas con el mismo entusiasmo con que se iba a bailar a los
peores salones de La Habana, tenía otra vida de hábitos muy
regulares, que incluían desayunar cada día en la casa de sus padres,
reunirse con los correligionarios de su partido, ir en las noches a
la Ópera y otros centros de cultura de élites y cortejar, o ser
amante, de distinguidas damas de la aristocracia y la alta burguesía
habanera. Yarini no hacía un secreto de su ambición de postularse
para concejal y, en un futuro no muy lejano, llegar hasta la silla
presidencial. Gonzalo Roig, en la entrevista que le realizara L.
Cañizares para su libro San Isidro, 1910, hizo una observación
curiosa y muy reveladora para la posteridad: dijo que El Rey tenía
una conversación agradable, pero absolutamente insustancial.
NOSOTROS LO UTILIZÁBAMOS…
Yarini tenía carisma natural y talento genético (o astrológico, como
se prefiera llamarlo) para las relaciones humanas, pero en algún
momento de su vida debió realizar algún aprendizaje que reforzó sus
cualidades innatas para la seducción y manipulación de personas
cualquiera fuera su género. En todo caso ya las poseía en grado sumo
cuando se apareció por San Isidro y en poco tiempo logró hacerse
respetar y apoderarse de los hilos de dominación hasta ser
reconocido como El Rey. El gran escritor cubano Alejo Carpentier lo
recuerda jinete en su caballo blanco de cola trenzada y un costo de
miles de pesos oro, paseándose con gallardía a la cabeza de las
manifestaciones de su partido. Pero Yarini no era el único en
cabalgar, ni el único en salir a pasear cada mañana su pareja de
galgos (no de perros san Bernardo como aseguró el periodista
Leonardo Padura en su interesante artículo La guerra de las
portañuelas, publicado hace ya muchos años en el diario Juventud
Rebelde), ni debió ser el único hombre que deambulaba sin
guardaespaldas por las peligrosas y estrechas calles del barrio
marginal. ¿Por qué, entonces, sobresalía entre todos; por qué llegó
a ser el primus inter pares cuando no todos los proxenetas de San
Isidro eran chulitos de café con leche? Yarini, a pesar, o tal vez
por causa de su costado rufianesco, tenía madera de líder.
Y fue esto sin duda lo que atrajo sobe él las miradas del poderoso
partido Conservador, donde militaban los políticos de clase alta, a
la que también perteneció Yarini, y que explotaron la popularidad
que gozaba el “blancazo lindo” no solo entre prostitutas, proxenetas
y toda clase de tahúres que habitaban el barrio, sino entre la gente
decente y pobre, como los tabaqueros, portuarios y domésticas que
compartían la vida miserable de aquella zona “prohibida de la
capital”: “Sí —afirmó en entrevista a D. Cañizares Federico Morales
Valcárcel, líder del partido Conservador)—, es verdad que nosotros
aprovechamos también esa popularidad suya (de Yarini) para ganar
adeptos en los barrios cercanos al puerto, porque había muchos
estibadores y portuarios que nos podían proporcionar innumerables
votos (…) No podíamos pasar por alto que Alberto Yarini tenía a
aquella gente en sus manos (…). Por eso, entre otras cosas, lo
utilizamos”.
“LOS GUAYABITOS SE REÍAN POR LAS CALLES AL PASAR FRENTE A LAS CASAS
DE LOS FRANCESES…”
Los apaches, como llamaban los cubanos a las pandillas de chulos
franceses de San Isidro capitaneadas por el parisino Luis Letot,
eran tan levantiscos como sus homólogos del patio, pero Letot, de
temperamento tal vez no demasiado violento y que se anotaba al
savoir vivre, al par que extrañamente filosófico, acostumbraba decir
que había que “vivir de las mujeres, y no morir de ellas”, y podía
mostrarse en ocasiones tan exquisito como un cortesano de Versalles.
Así se comportó con Yarini cuando este le robó escandalosamente la
joya más valiosa de su último cargamento de prostitutas desembarcado
en La Habana, la pequeña Berthe, hermana de su concubina Jeanne
Fontaine, y por tanto su propia cuñada. Berthe, de 21 años, rubia y
de ojos azules, era una absoluta lindura, según juicios de quienes
la conocieron, y se la tenía como la mujer más bella que paseó
zapatos por las estrechas calles del barrio. Yarini en persona
anunció a Letot su relación con Berthe, y el francés se encogió de
hombros, y lo mismo volvió a hacer cuando Yarini, días después,
llamó a su puerta acompañado por dos de sus más vulgares seguidores
y le exigió que le entregara toda la ropa de Petit Berthe. Y no
contento con eso, poco después, completamente solo y paseando a sus
perros, pasó frente a la casa de Letot y al verlo parado en la
puerta, le gritó burlón a voz en cuello que guardara muy bien a sus
putas, porque la Petit Berthe no bastaba para calmarle la calentura
que tenía en aquellos días. ¿Se había enamorado Yarini de la
diminuta francesita? Raro amor, porque la hacía prostituirse cada
noche en una accesoria tan inmunda como la de la peor puta negra de
la peor calle del barrio. ¿Había enloquecido tal vez? O quizá solo
honraba el código machista que reina siempre en los emporios donde
está ausente la civilización y el vicio se enseñorea de los hombres.
O a lo mejor la sustancial irresponsabilidad de su carácter llegaba
hasta hacerlo sentir invulnerable... Letot, sin perder la calma, le
respondió: “Yo me voy a morir una sola vez”, y esa simple frase
actuó como el conjuro que decretó la extraña tragedia donde fueron
protagonistas dos antihéroes. Días después los dos capos caían
abatidos a balazos en una embestida que nunca ha sido del todo
aclarada para la Historia, y en la que participaron, de un lado,
Letot revólver en mano disparando contra Yarini a quemarropa en
plena calle y sus compinches armados tirando desde las azoteas, y
del otro un Yarini que supuestamente no alcanzó a disparar su
revolver, seguido de un Pepe Basterrechea que, de un solo tiro en
medio de la frente, tendió difunto a Letot sobre las sucias piedras
de la calle. Diez mil personas asistieron al entierro del Rey de San
Isidro en un país de poco más de dos millones de habitantes;
inmediata vendetta de los guayabitos que esperan el regreso de los
coches, puñaladas, apaches muertos y heridos y una guerra que tres
años después terminaría con el cierre del barrio por decreto
gubernamental. Así fue el desenlace.
¿AMIGOS…?
El
cabo suelto en la muerte violenta del Rey de San Isidro fue José
Basterrechea, joven vizcaíno de gran belleza física y elevada
estatura, al que un encuentro casual con Yarini en el gabinete
dental del padre de este convirtió en su mejor e inseparable amigo
por razones que escapan a una total comprensión. Pepito era de
extracción humilde, y aunque poco después de que se conocieran cuidó
a Yarini como una madre luego de que este se accidentara al caer
desde un balcón, lo que le valió la gratitud de don Cirilo, lo
cierto es que seguía comiendo en una fonda de mala muerte a donde
Yarini acudía cada tarde puntualmente después de cenar en la casa
paterna, solo para encontrarse con Pepito y de ahí continuar en su
compañía las andanzas noctívagas por su reino de semen y vaginas. A
pesar del protagonismo que le daba su cercanía con Yarini no se le
conoció como chulo, y como tampoco trabajaba, hay que concluir que
Yarini los mantenía a él y a su madre, quien detestaba esa relación
y no cesaba de rogar a su hijo que se apartara de tan peligrosa
amistad. Según testimonios, luego del fallecimiento de Yarini,
Pepito mantuvo hasta su propia muerte en la pared principal de todos
sus domicilios un retrato de cuerpo entero de Yarini, y se afectaba
visiblemente cuando se le
nombraba en su presencia. Existe una foto de los dos amigos en la
que Yarini está sentado y Pepito, de pie a su lado, descansa su
antebrazo sobre el hombro del Rey en una pose extrañamente familiar,
casi íntima. En la época, tal colocación era la usual en las fotos
de parejas, donde el hombre se mantenía gallardamente sentado
mientras la mujer, de pie a su lado, posaba discretamente para la
cámara envuelta en sus atavíos nupciales. Pero lo más curioso fue la
nota que Yarini escribió con mano temblorosa en un recetario de
hospital de Emergencias minutos antes de que los médicos le
practicaran una laparotomía en vano intento por salvarle la vida. En
ella se culpaba de haber disparado con su arma la bala que mató a
Letot, exonerando así de toda responsabilidad a su querido Pepito,
pero… al entregársela al cirujano que iba a operarlo, le advirtió
que solo la diera a la policía en caso de que él no sobreviviera a
la intervención, pero si lograba vivir, debía devolvérsela. ¿Qué
habría pasado con Pepe si el Rey se hubiera salvado? ¿Se trataba de
otra de las manipulaciones de Alberto Yarini, en el umbral mismo de
la muerte y a costa de quien, desde el primer encuentro, puso
enteramente su vida en tan dudosas manos?
Es
muy breve este espacio para un análisis profundo de la personalidad
de Alberto Yarini y Ponce de León. Pero una mirada exhaustiva a su
vida y su leyenda me deja claro que se trató de un hombre
superficial y ambicioso dotado de gran carisma personal, del don del
liderazgo, del gusto por el vicio y el peligro y de una enorme
habilidad para manipular a sus semejantes, de todo lo cual usó sin
restricciones en la vana función de alimentar su insaciable
egolatría, sí, pero también para alcanzar grandes triunfos sociales
que, de no haber detenido la muerte, pudieron llevarlo hasta el
Palacio Presidencial de la República de Cuba. ¿Héroe? ¿Tahúr?
Simplemente un criollo pragmático mal criado desde la cuna
acaudalada, con delirio de grandeza y una veta de crueldad que le
permitía cosificar a las “infelices Mesalinas” que cada noche
“raudal de oro vierten a tus pies” —como dice un verso de la canción que
le compuso Sindo Garay—, ya que solo desde esa posición mental de
frialdad patológica y suprema insolidaridad humana podía
desentenderse de la profunda tragedia de las mujeres a quienes
explotaba y vendía sin la más mínima compasión ante su
desgarramiento físico y emocional.
Un chulo, un proxeneta. Los héroes son otra cosa. |