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La Calle Obispo
Gina Picart
La
toma de La Habana por los ingleses, con los
incendios y depredaciones que entraña toda acción
bélica, destruyeron las actas del cabildo donde
constaba la fecha exacta de la fundación de la villa
de San Cristóbal de La Habana. Solo se sabe con
certeza que ya en 1521 había sido trasladada de la
costa sur a la norte.
En las
primeras décadas fundacionales la villa se extendía
desde la calle Tacón hasta la Lonja del Comercio y
no era más que una burda agrupación de bohíos, con
la Plaza de Armas como centro, alrededor de la cual
residían los vecinos principales, poseedores de
estancias de cultivo para abastecimiento de los
navíos de tránsito. En 1538 se encomendó al
Adelantado Hernando de Soto la fortificación de la
recién nacida plaza y a partir de 1556 se convirtió
en residencia oficial de los Gobernadores españoles.
La Plaza
de Armas fue el núcleo desde el cual partieron las
primeras calles de la villa. Entre las primeras
trazadas y más antiguas estuvo la calle del Obispo,
hoy con doce cuadras, que comienza en la calle de
San Pedro termina en la de Monserrate. No fue ese
el primer ni único nombre que tuvo, pues también fue
llamada calle de San Juan porque conducía a la
iglesia de San Juan de Letrán; del Consulado porque
allí radicó en 1794 el Real Consulado; porque en
ella vivieron en distintas épocas los obispos fray
Jerónimo de Lara y Pedro Agustín Morell de Santa
Cruz.
En 1897
la calle sufrió el nombre del tirano Weyler, cruel
inventor de la Reconcentración, pero en 1898 el
pueblo, enardecido por la presencia de las tropas y
la escuadra norteamericana y la evacuación de las
vencidas tropas españolas, humilladas y despojadas
de la isla tras el Tratado de París, se lanzó a la
vía y arrancó todas las tarjas con el nombre del
odiado español, y en 1905 recibió el nombre de Pi y
Margall. En honor al hombre que en España fue
constante defensor de la independencia de Cuba. Pero
en 1936, cuando se llevó a cabo la restitución de
los nombres antiguos a todos los lugares de la
ciudad, quedó establecido y definitivamente
triunfador el nombre del Obispo para la calle que
deslumbraba al escritor José Lezama Lima, quien le
dedicó en sus libros bellísimas palabras e imágenes
descriptivas.
La
importancia de la calle del Obispo no se debió
solamente a que naciera de la Plaza de Armas, sino
sobre todo a que entre las llamadas de Orrelly y
Mercaderes fue construida la primera parroquial
mayor, y al ser derruida esta ocupó su lugar el
Palacio de los Capitanes Generales, casa de Gobierno
y residencia del cabildo, que es hoy bello museo
colonial y sede de los archivos de la Oficina del
Historiador de la Ciudad.
Desde los
primeros años de la República la calle del Obispo se
convirtió en reunión abigarrada de los comercios más
sofisticados y elegantes de la ciudad, visitados no
solo por los ricos habaneros distinguidos, sino por
los extranjeros más exigentes, que podían encontrar
en sus lujosas vitrinas los objetos más finos y la
artesanía más fina, que no cedía en calidad a los
fabricados por las más solicitadas y prestigiosas
firmas europeas y norteamericanas. El norteamericano
Samuel Hazard, viajero incansable y gran observador,
escribió en su libro sobre Cuba: “Llegamos a la
calle del Obispo. Ved el cuadro de vida y movimiento
que se ofrece. Esta es una de las calles más
animadas de la ciudad, donde se halan los
establecimientos más atrayentes, en toda su
extensión, hasta fuera de las murallas de la ciudad,
de la que se sale por la puerta de Monserrate; el
otro extremo de la calle está en el muelle de
Caballería, en la bahía. Jamás se cansa uno de
recorrer esta calle.”
Como si
la calle del Obispo hubiera nacido a la Historia con
un fatum regalado por las hadas, es también en estos
tiempos uno de los lugares más frecuentados no solo
de la Habana Vieja y el Casco Histórico, sino de
toda la capital cubana. A todo lo largo de su
extensión han resucitado los antiguos comercios, las
vitrinas, las fachadas. La casa de las sombrillas,
donde las damas criollas más ilustres compraban sus
quitasoles hechos de encaje de París, abre hoy sus
puertas no tan espléndida quizá como en el pasado,
pero hermosa. Con sus estilos franceses hay también
perfumerías, tiendas de cosméticos y boutiques
de ropa. Los viejos cafés acogen al caminante con
sus pequeñas orquestas de variado repertorio que va
desde el son cubano más tradicional hasta el mejor
jazz o la salsa. No faltan la pastelería, la
panadería y la farmacia Taquechel con el esqueleto
cuyo origen e identidad intriga a todos sus
visitantes, ya sean turistas o gente del patio.
Confieso
que yo también sucumbo a su magia, especialmente al
atardecer, cuando la fuerza de las metáforas de
Lezama me hace ver, como en una alucinación, a los
reyes de la baraja con sus cuerpos de naipes
satinados subiendo desde el mar envueltos en la luz
lila y dorada del crepúsculo habanero, calcinante,
pero que pacta con la brisa marina de la bahía y con
los fantasmas del ayer, testigos mudos de un pasado
que viene y va, sin detenerse nunca, por esta
bellísima calle habanera que todos amamos.
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