El
cañonazo de las nueve
Por Josefina Ortega
En cualquier confín del mundo que se encuentre un habanero, jamás
podrá olvidar una antiquísima costumbre de la tierra que lo vio
nacer.
Con puntualidad más allá de la exactitud, todos los días del año, ya
sean de fiesta o de duelo, a las nueve de la noche, ni un minuto más
ni un minuto menos, desde la fortaleza de San Carlos de la Cabaña se
dispara un cañonazo, lo que nos llama a revisar los relojes.
Tradición nacida al calor de las murallas, inmenso cinturón de
piedra, que ante el feroz ataque de corsarios y piratas, fueron
construidas en la villa de San Cristóbal, durante casi toda una
centuria desde 1674, por orden de la corona española para defenderse
de tan peligrosos visitantes.
De esta forma, la pequeña ciudad quedó dividida en dos: La Habana de
intramuros y La Habana de extramuros, como las llamó el pueblo. En
un principio al recinto amurallado se le abrieron dos puertas, mas
su longitud, con el paso del tiempo, exigió más entradas y salidas,
por lo que llegó a tener hasta nueve.
A las cuatro y media de la mañana se anunciaba la apertura de sus
puertas con un cañonazo. A las ocho de la noche, otra detonación,
por el contrario, advertía su cierre, lo cual significaba, ni más ni
menos, que quien fuera sorprendido por la descarga del otro lado del
muro, debía de permanecer allí hasta el amanecer, pese a los rigores
del tiempo o al atraco de los malhechores.
Con los años el cierre de la ciudad se alargó hasta las nueve de la
noche, pero la villa y su gente se desbordaban y con el desarrollo
de las artes de la guerra, las murallas se volvieron inútiles.
El ocho de agosto de 1863 comenzó el derribo de las murallas de La
Habana, (de las que aún se conservan algunos restos) pero la
tradición del cañonazo de las nueve perdura hasta el presente como
un llamado a conservar nuestras tradiciones.
Se asegura que el cañonazo cubre ininterrumpidamente con su manto
acústico todos los rincones de la capital. Puede ser escuchado en el
Parque Central a los 4,3 segundos; en el Hotel Nacional a los 9,7 y
en la esquina de 23 y 12 a los 16 segundos del estampido original.
Solo una vez fue silenciado. El 24 de junio de 1942 un parte del
Estado Mayor del Ejército anunciaba que a partir de esa fecha el
tradicional disparo dejaría de escucharse, pues el país se hallaba
en plena Segunda Guerra Mundial, y, por tanto, -así se dijo-era
innecesario aquel gasto de pólvora que podía ofrecer nuestra
posición al enemigo.
De seguro que La Habana no sería entonces la misma sin su cañonazo
de las nueve, por ello cuando el primero de diciembre de 1945 se
reinició tan antigua costumbre los habaneros mostraron su alegría de
las más variadas formas.
La historia del cañonazo de las nueve guarda un suceso curioso
ocurrido el 18 de septiembre de mil 902, cuando el tradicional
disparo se efectuó 30 minutos después de lo establecido. La
algarabía que se armó fue muy grande, pero aún se ignora la causa de
tan insólita tardanza.
Hoy día, desde la fortaleza de San Carlos de la Cabaña se efectúa la
acostumbrada detonación por un pelotón de cadetes de artillería
ataviados a la usanza colonial y con una pieza del siglo XVIII,
espectáculo que bien merece contemplarse.
No importan los años transcurridos. Su mocedad se mantiene como lo
prueba un simpático y atrevido piropo, que escuché decir el otro
día, y conste que no fue dirigido a mí:
"Señora, está como la Cabaña, vieja pero interesante,… ¿Aguantará el
cañonazo de las nueve? |