José
Martí: Clarividencia y muerte
La figura de José Martí, el Apóstol de la Independencia de Cuba y
fundador del Partido Revolucionario Cubano, ha alcanzado estatura
mítica en los cien años posteriores a su muerte.
Innumerables son los estudios que existen sobre cada faceta de su
vida, cada una de sus obras, políticas, literarias, íntimas. Todo ha
sido minuciosamente revisado, analizado. Solo su muerte continúa
siendo un atrayente enigma sin descifrar. Creo que, precisamente por
ser la parte de su vida que reviste un carácter abiertamente
místico, ha sido la menos estudiada en Cuba.
El actual Parque Central fue una plaza que resultó ser una zona
favorita de los habaneros durante las últimas décadas de la época
colonial y la primera mitad del siglo XX. Fue uno de los parques
menos arbolados y de mayor proporción de pavimento.
En su parte central hay una estatua de José Martí la que se creó
gracias a una suscripción popular. Con antelación, desde 1875, en
este parque había una estatua de la reina española Isabel II. Dicha
estatua estuvo en este lugar hasta que terminó la dominación
española sobre Cuba.
Nacido el 28 de enero de 1853 en La Habana, José Martí pertenece a
la estirpe de hombres cuya vida se prolonga más allá de su mera
existencia desde el punto de vista físico, porque se convierten en
fuente de motivación y enseñanza para sus pueblos.
Desde muy joven evidenció el gran amor que sintió por su tierra
natal y también puso de relieve su sensibilidad y sus grandes
cualidades como ser humano en general. Siendo un adolescente sufrió
prisión y la realización de trabajos forzados por sus convicciones
patrióticas, pero ello no melló su entereza, es más esa etapa de su
vida sirvió de fecunda enseñanza para él y demostraría el concepto
que tenía en torno a algo tan esencial en un ser humano, como es la
solidaridad.