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Acaso solo el poder y la atracción de su voz bastarían; quizás sus canciones, que a veces como aguardados susurros y otras como imprescindibles torrentes, nos invaden y se nos arraigan sin remedio, o su interpretación de temas clásicos de Hispanoamérica, tan nuestros como de sus propios autores, y tan de ella también; tal vez solo esto bastara para colmar el mayor teatro cubano al llamado de un concierto de Liuba María Hevia. Sin embargo, todos los que allí acudimos la noche del sábado 14 de marzo de 2009 sabíamos que una magia mayor nos aguardaba. Festejar con Liuba veinticinco años de inmenso quehacer creativo era un privilegio que la llovizna incesante no lograría impedir. Y quienes hemos asistido a sus convocatorias desde 1991, llegamos al Karl Marx con la certeza de que no estaríamos destinados únicamente al disfrute, porque, como nadie, sabe Liuba tomarnos de la mano y convertirnos en cómplices. Mas, ¿cómo reducir a un tiempo de espectáculo tamaño recorrido? Una suite que desató nostalgias con los temas que conformaron su primer disco Coloreando la esperanza anunció el rumbo y confirmó la vigencia (y el encanto) de aquellas primeras composiciones. Otras dos suites colocadas también en la primera mitad del concierto agruparían las que dieron lugar a los CD’s Alguien me espera y Del verso a la mar. Y aún quedaría por citar aquella que convirtió al teatro repleto en un coro que la acompañó mientras interpretaba las canciones para niños, ya clásicas en nuestro país. Otros temas fueron desgranándose a lo largo de la presentación, ya no fragmentados sino desplegados en todo su lirismo, como “Canción breve” y “Ángel y habanera”, “Los sueños”, “La Habana en febrero” y el rítmico “Algo”. En su intenso “El violín de Becho”, del uruguayo Alfredo Zitarrosa, se hizo acompañar por el virtuosismo de Ariel Sarduy en dicho instrumento, pero para entregarnos su versión de “Balada para un loco”, el tango formidable de Astor Piazzola y Horacio Ferrer, fue con el actor Osvaldo Doimiadiós, certero director artístico del concierto, con quien estableció un diálogo difícilmente superable. Una estremecedora interpretación de “Con los hilos de la luna”, la canción homenaje a su abuelo Hevia, llegó bien hondo a todo el auditorio, pero sin dudas, el momento más intenso y conmovedor fue cuando en la pantalla se proyectaron, una tras otras, las imágenes de muchos grandes de la cultura cubana, ya ausentes, pero que Liuba nos los reiteró imperecederos mientras cantaba “Ausencia”, una de sus más hermosas, aunque desgarradora, composiciones. Todo el teatro de pie y el aplauso emocionado así lo confirmaron. Y cuando ya creíamos que era imposible mayor intensidad, concluyó entonces con otra inolvidable suite-homenaje, que dedicada a su madre, Elsa Jorge, y a Ada Elba Pérez, reunía canciones de tres trovadores imprescindibles: las “tres S”, como los llamó, tan caros a ella, a todos, Silvio, Serrat y Sabina. Fue otro momento sin igual. Dos horas habían transcurrido y nadie lo había notado. Dos horas con un arte de excelencia. No hubo un descuido, un detalle que faltase. Al guión inteligente de la propia trovadora, habría que añadir el magisterio de los músicos que la acompañaron: su grupo, la orquesta Ensamble Alternativo, dirigida por Greta María Rodríguez, el piano de Teresita de Jesús Rodríguez, el cello Felipa Moncada y una Lucía Huergo sentando cátedra otra vez, en el saxo y en la flauta. Y el uso acertado de los videos, y la escenografía sencilla, justa, equilibrada, y el diseño de luces de Carlos Repilado, y la presencia de la danza con el grupo Endedans, de Tania Vergara, y los arreglos musicales excelentes del Guajiro Miranda y Arnulfo Guerra. Pero sobre todo, allí estuvo Liuba María Hevia en toda su transparencia y sencillez, auténtica tal cual es. Liuba abriéndonos las puertas de su mundo, de su esencia, de su identidad; trasmutando al teatro en la acogedora habitación de su casa y haciéndonos un sitio en ella, compartiendo sus sueños, su humor, sus credos, sus dioses. Liuba, capaz de celebrar sus veinticinco años de inmenso quehacer creativo -como dijimos-, homenajeando también, recordando raíces, agradeciendo. Acaso solo el poder y la atracción de su voz hubieran bastado, o sus canciones…, sin embargo, todos los que acudimos al Karl Marx la noche del sábado 14 de marzo de 2009 sucumbimos al hechizo de su magia mayor, de su arte que estremece y fecunda, autentico y cubano, de excepción. Con Liuba fuimos todos miles de Liuba. Quizás por ello, tras el paso de los días, seguimos trémulos, hechizados. |
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