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Edición del Martes, 13 de Enero de 2009 (14:00 horas)

Raúl FerrerEstelas de un viajero

Olga Lidia Pérez

“Estelas de un viajero sin retorno”, así denominó su propia poesía el poeta y pedagogo Raúl Ferrer cuando la vio partir sin “su voz” en aquel primer libro, Viajero sin retorno, que Ediciones Unión publicó en 1979. Para entonces Raúl Ferrer era ya Raúl Ferrer, una leyenda, en la cultura y la educación cubanas.

El 4 de mayo de 1915 había nacido en Meneses, Yaguajay, en la actual provincia de Sancti Spíritus, y desde muy joven signó su compromiso con la literatura –con la poesía- y con su militancia comunista y sindical.

Graduado en 1937 como Maestro Cívico Rural, inició en el antiguo central azucarero Narcisa (posteriormente llamado Obdulio Morales), muy cerca de Yaguajay, su fecunda y meritoria labor pedagógica, que nunca abandonó.

Desde esta vocación raigal por la enseñaza y de su identificación con los más humildes dejó constancia en su conocido “Romance de la niña mala”, musicalizado por Pedro Luis Ferrer.

Y luego del triunfo de la Revolución, Raúl formó parte de la dirección del magisterio a nivel nacional y en 1951 fue designado Vice-Coordinador Nacional de la Campaña de Alfabetización. Posteriormente, desde 1962, dirigió la Educación de Adultos en nuestro país y ocupó la responsabilidad de Viceministro del Ministerio de Educación (MINED).

Maestro hasta los tuétanos, pero también hondo y franco poeta, el carismático y multifacético Raúl Ferrer, como lo calificara Joaquín G. Santana, llevaba consigo además la gracia particular del campesino cubano. Un fragmento de su poema “Monte y Belascoaín”, de 1952, nos hace partícipes de su humor:

Vivir aquí, con gratas digestiones,

fumándome la tarde y sus canciones

y bebiendo el café de mis vecinos.

Es buena esta quietud, pero me asusta.

Y grito a todo el mundo que me gusta,

sin comer ni fumar, CUATRO CAMINOS.

Su esposa y compañera Raquel Cuesta contaba que cuando tenían que abandonar precipitadamente algún lugar donde vivían clandestinos en la capital, debido a la persecución a la que estaba sometido por su militancia y su quehacer, nunca abandonó Raúl Ferrer sus versos, y con ellos resguardados consigo emprendía cada movimiento, cada acción. Poesía y Raúl eran lo mismo, y lo sabía, tal vez por ello confesó al editarse Viajero sin retorno:

De mi voz he llevado la poesía como se lleva a un niño de la mano. Por eso tiemblo ahora cuando desprendida de mí, la veo embarcada en los papeles, sola y silenciosa, marchar en blanco y negro a un encuentro hipotético de emociones y reflexiones. ¿Cómo situar a los lectores en mi trance, aquí donde ya mi voz no va con ella?”

Raúl Ferrer falleció en La Habana el 12 de enero de 1993. Había recibido la Medalla XX Aniversario y la Orden Félix Varela. Años antes, en 1963, había compuesto “Soneto del hombre que pasa” para dejarnos la certeza de su fe en el hombre y la utilidad de su quehacer incesante:

El tiempo está pasando, yo lo advierto

cuando queda un minuto de medida,

pero estoy tan en medio de la vida

que pienso que ni yo ni nadie ha muerto.

Para cuando me muera estoy despierto

con mi naturaleza conmovida

viendo la enredadera florecida

que se queda por mí cuidando el huerto.

El hombre sabe ya para qué vive.

y debe ser por algo muy ajeno

a lo que egoísmo le prohíbe.

Para llenar de amor toda la casa

y sentirse más útil y más bueno

en el hombre que viene, ¡y también pasa!
 

 
 


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