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Edición del Lunes, 08 de Febrero de 2010 (00:15 horas)


Opinión
Asalariados de la apatía

Marianela Martín González
Redacción Radio Ciudad de La Habana



Con ligeras pretensiones amaneció un día de la semana que termina. Necesitaba comprar las almohadillas sanitarias correspondientes al mes, y revivir un par de zapatos reparados recientemente en el mismo sitio a donde acudiría.
 

Primero se dirigió a la farmacia. Por ventura estaba entre los cinco primeros de la cola. Pero la única dependiente disponible para atender al público no comenzó a despachar hasta que la hilera no tuviese un toque parecido a las que se forman en Coppelia.
 

Ancianos con conjuntivitis, madres con hijos encima… Y ni un solo asiento para poder resistir la lenta marcha y las poses arrogantes de quien debía atenderlos.
 

Para peor suerte de los que aguardaban un "Mesías" descendió de un vehículo de los años 50, pero con aires del 2000. El arribo de aquel hombre de impecable vestimenta hizo que aparecieran en el rostro de la dependienta sonrisas extinguida hasta entonces.
 

Para colmo de menosprecio al público comenzó a redactar una carta "a la cara del cubano", como suele decirse cuando se trata de un flagrante descaro. Se demoraba tanto que parecía estar componiendo, in situ, el Manual del maltrato al cliente. Materia en la cual parecía insuperable.
 

"Acabe de atenderme o tomaré lo que necesito. Me estoy exponiendo a la conjuntivitis por causa de su ineficiencia", protestó quien llevaba más de media hora para comprar las necesarias almohadillas.
 

Con tono sarcástico, como quien se había tragado un eslogan con sabor a hiel, la que reinaba detrás del mostrador espetó: "El cliente siempre tiene la razón, pero no te pongas así. No llevas aquí una hora todavía. Lo que tú necesitas lleva un papeleo parecido al que se hace para cobrar una herencia".
 

El sinsabor de la mujer en la farmacia era solo el comienzo de una jornada que parecía celebrar el Día de la indeferencia al público. A pocas cuadras de allí, en el taller de reparaciones, encontraría muchos brazos cruzados, no por falta de materiales e insumos, sino por abundancia de apatía por el trabajo.
 

Le pidió al zapatero que nuevamente le pegara las suelas que, por el valor de medio centenar de pesos, le habían puesto hacía solo una semana.
 

"No puedo. Si abro la lata de pegamento me muero. Tengo asma", dijo sin mirarle a la cara. La clienta pidió que le recibiera las sandalias y se las arreglara cuando pudiera, porque no tenía tiempo para volver al taller. La negación afloró sin falta de aire y sin vergüenza.
 

"Conozco personas que están trabajando con cáncer y lo hacen sin límites. Si usted no está apto para manipular esos materiales, cédale la plaza a alguien que sea más útil", comentó ella, quien en ese mismo lugar había sido víctima de la desidia por enésima vez.
 

Quien debía servirle replicó que los conocimientos no podía cederlos. Que no había en toda la zona gente para hacerle esa "pincha" al Estado.
 

Aquello parecía un complot. La mujer creyó por un instante, que los mismos que le había agriado la existencia saldrían de algún escondrijo, con carteles y flores en las manos, congratulándola por su estoicismo, al estilo de algunos programas de la televisión foránea.
 

Finalmente aceptó que se trata de una epidemia de desinterés que infesta a casi todos los servicios, sin perdonar hasta los más sagrados.
 

"Tienes mala suerte hoy", le dijo el chico que la acompañaba a resolver aquellas nimiedades. "Ojala fuera un día", pensó ella, pero no dijo nada.
Su silencio y la expresión de incompetencia llevaron al niño a exclamar:

 

"Tengo ganas de ser hombre". Aquel deseo precipitado resumió tantas cosas. Supongo que ansiaba madurar para poder combatir a los asalariados de la apatía. A esos que muchas veces nos hunden en la desesperanza, porque viven de nuestras urgencias y no para apaciguarlas.
 

 
 


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