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Primero se dirigió a la farmacia. Por ventura estaba entre
los cinco primeros de la cola. Pero la única dependiente
disponible para atender al público no comenzó a despachar
hasta que la hilera no tuviese un toque parecido a las que
se forman en Coppelia.
Ancianos con conjuntivitis, madres con hijos encima… Y ni un
solo asiento para poder resistir la lenta marcha y las poses
arrogantes de quien debía atenderlos.
Para peor suerte de los que aguardaban un "Mesías" descendió
de un vehículo de los años 50, pero con aires del 2000. El
arribo de aquel hombre de impecable vestimenta hizo que
aparecieran en el rostro de la dependienta sonrisas
extinguida hasta entonces.
Para colmo de menosprecio al público comenzó a redactar una
carta "a la cara del cubano", como suele decirse cuando se
trata de un flagrante descaro. Se demoraba tanto que parecía
estar componiendo, in situ, el Manual del maltrato al
cliente. Materia en la cual parecía insuperable.
"Acabe de atenderme o tomaré lo que necesito. Me estoy
exponiendo a la conjuntivitis por causa de su ineficiencia",
protestó quien llevaba más de media hora para comprar las
necesarias almohadillas.
Con tono sarcástico, como quien se había tragado un eslogan
con sabor a hiel, la que reinaba detrás del mostrador
espetó: "El cliente siempre tiene la razón, pero no te
pongas así. No llevas aquí una hora todavía. Lo que tú
necesitas lleva un papeleo parecido al que se hace para
cobrar una herencia".
El sinsabor de la mujer en la farmacia era solo el comienzo
de una jornada que parecía celebrar el Día de la
indeferencia al público. A pocas cuadras de allí, en el
taller de reparaciones, encontraría muchos brazos cruzados,
no por falta de materiales e insumos, sino por abundancia de
apatía por el trabajo.
Le pidió al zapatero que nuevamente le pegara las suelas
que, por el valor de medio centenar de pesos, le habían
puesto hacía solo una semana.
"No puedo. Si abro la lata de pegamento me muero. Tengo
asma", dijo sin mirarle a la cara. La clienta pidió que le
recibiera las sandalias y se las arreglara cuando pudiera,
porque no tenía tiempo para volver al taller. La negación
afloró sin falta de aire y sin vergüenza.
"Conozco personas que están trabajando con cáncer y lo hacen
sin límites. Si usted no está apto para manipular esos
materiales, cédale la plaza a alguien que sea más útil",
comentó ella, quien en ese mismo lugar había sido víctima de
la desidia por enésima vez.
Quien debía servirle replicó que los conocimientos no podía
cederlos. Que no había en toda la zona gente para hacerle
esa "pincha" al Estado.
Aquello parecía un complot. La mujer creyó por un instante,
que los mismos que le había agriado la existencia saldrían
de algún escondrijo, con carteles y flores en las manos,
congratulándola por su estoicismo, al estilo de algunos
programas de la televisión foránea.
Finalmente aceptó que se trata de una epidemia de desinterés
que infesta a casi todos los servicios, sin perdonar hasta
los más sagrados.
"Tienes mala suerte hoy", le dijo el chico que la acompañaba
a resolver aquellas nimiedades. "Ojala fuera un día", pensó
ella, pero no dijo nada.
"Tengo ganas de ser hombre". Aquel deseo precipitado resumió
tantas cosas. Supongo que ansiaba madurar para poder
combatir a los asalariados de la apatía. A esos que muchas
veces nos hunden en la desesperanza, porque viven de
nuestras urgencias y no para apaciguarlas. |
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